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Si los Romanos Hubiesen Conocido la Gasolina…

Categoría: De la B a la Z | No hay comentarios | Escrito en por Juan Pérez de la Torre

Cartel original.Es el fin de la civilización, lectores. El mundo occidental sucumbe a manos de la crisis económica, provocada -sin duda alguna- por la perfidia liberal. El pánico se adueña de las calles: el saqueo y el asesinato son el pan de cada día. El patriotismo ha muerto, la religión ha perdido su poder unificador, y los regímenes vuelven al “pan y circo” como única medida de control. Pero ni el fútbol ni el béisbol ni la lucha femenina en el barro mantienen al pueblo en trance como antaño… es el momento de la gran carrera transcontinental: la Carrera de la Muerte.

El cataclismo comienza cuando la compañía New World Pictures del legendario Roger Corman (famoso por sus vitales contribuciones al cine independiente y de bajo presupuesto, sobre todo en su saga de adaptaciones de Edgar Allan Poe) produce uno de los primeros esfuerzos del indie Paul Bartel, autor de varias comedias independientes con tendencia al humor negro y al sarcasmo (entre ellas ¿Y si nos Comemos a Raúl?, de 1982, y Escenas de la Lucha de Sexos en Beverly Hills, de 1990). La cinta resultante es este gran clásico de culto de 1975, La Carrera de la Muerte del Año 2000 (Death Race 2000), al que dedicamos nuestro DBZ de hoy…

En dicho año, los Estados Unidos de América se han visto suplantados por las Provincias Unidas de América, una distopía totalitaria regida por el Presidente (Sandy McCallum); figura imperial apoyada por un culto sectario y que cimienta su poder en el terror y la ultraviolencia. La máxima expresión de este régimen del terror es la gran carrera transcontinental que se celebra anualmente, en la que conductores temerarios de todas las esquinas del país compiten por la mayor puntuación. Sin embargo, esta es una carrera diferente: la puntuación no recompensa tanto la técnica o la velocidad como más bien las ansias homicidas de los conductores, que deben atropellar a peatones situados estratégicamente (o no) a lo largo del circuito. En esta carrera hay un piloto legendario: Frankenstein, un cyborg desfigurado, reconstruido una y otra vez tras sucesivos accidentes mortales; y encarnado por el mismísimo -y recientemente fallecido- David Carradine, célebre por sus papeles en series de televisión como Kung Fu o películas como Kill Bill. La carrera, al igual que el gobierno que la organiza, no está exenta de detractores; entre ellos la resistencia clandestina liderada por la anciana revolucionaria Thomasina Payne (Harriet Medin). La resistencia tiene este año un plan maestro para acabar con la carrera y el propio Presidente: infiltrar a la bisnieta de Payne, Annie (Simone Griffeth) como copiloto de Frankenstein para llevarle a una emboscada en la que le sustituirán por un doble que, durante la sacudida de manos con el Presidente al final de la carrera, le dará a éste un ultimátum a cambio de la vida del piloto favorito de las Provincias Unidas de América. Poco imaginan que Frankenstein tiene sus propios motivos para participar en la carrera…

Cartel japonés.Lo primero que se puede apreciar en esta película es el presupuesto, o más bien la carencia casi total del mismo. La puesta en escena es casi nula, con el mayor esfuerzo concentrado sobre todo en el punto de salida de la carrera (ojo al paisaje futurista del fondo y a los títulos iniciales, fotorrealismo al poder) y con un diseño de trajes que casi hace mérito de la horterada. Por otro lado, el diálogo es desternillantemente malo y las actuaciones que lo acompañan son completamente ridículas, con mención especial para un novatísimo Sylvester Stallone en el papel de Joe “Metralleta” Viterbo, eterno segundón de la carrera y rival encarnizado de Frankenstein; y mi personaje preferido de la película sobre todo por su coche con cuchillo gigante. En cuanto a la violencia gráfica, lo cierto es que ni hay tanta ni tan sangrienta (los efectos de gore son bastante cutrones) como para que la controversia causada en su época resulte merecida, aunque sí que hay una gran cantidad de humor negro un tanto sádico presente a lo largo de todo el metraje. Más notable resulta el contenido en desnudos, y es que ni una sola de las participantes en la carrera se libra de enseñar las mamellas – aunque tampoco se puede negar que se preocuparon de elegir a actrices bastante guapas. Para satisfacer a las espectadoras me temo que tendrá que bastar Carradine, que se limita a aparecer en calzoncillos (no os preocupéis, por alguna razón su desfiguración desaparece cuando se quita el traje de piloto). Sin embargo, toda esta falta de medios económicos y el estilo gamberro y cutre no hacen sino reforzar los puntos fuertes de la película. Y es que como distopía esperpéntica, Death Race 2000 es un ejercicio sorprendentemente efectivo. Para tratarse de una película de acción vehicular, dedica una gran parte de su trama a mostrarnos el perverso mundo que ha construído el régimen del Presidente; con un sistema de puntuaciones que recompensa sobremanera el atropello de niños y ancianos, sectas que ofrecen doncellas fanáticas para que sean atropelladas por sus pilotos adorados, un gobierno tétrico y violento que opera desde China y el pueblo trastornado por un deporte sangriento y una industria televisiva engañosa y corrupta. A duras penas se trata de una crítica madura o sutil, pero otras películas ni se hubiesen molestado. Asímismo, cuando la película quiere ser divertida, realmente lo es. Algunos rumores perversos afirman que Death Race 2000 nació como una adaptación cinematográfica de Los Autos Locos de la Hanna-Barbera; y lo cierto es que incluso si no es así, las estrellas de la película (los coches y sus pilotos y copilotos) brillan con luz propia. Personajes como Matilda la Huna (Roberta Collins), con sus constantes proclamas nazis, o Nero el Héroe (Martin Kove) con su coche en forma de león y su pasión por atropellar niños, son sólo unos pocos en un elenco de personajes realmente desquiciante y surrealista; pero que funciona muy bien en el extraño futuro de las Provincias Unidas de América.

Captura del polémico videojuego de 1976.El legado de Death Race 2000 es bastante amplio. Al igual que Rollerball (Norman Jewison), del mismo año y centrada en una temática similar, ha tenido un remake, en este caso Death Race; dirigida por Paul W. S. Anderson (Resident Evil, Alien vs. Predator y más recientemente Pandorum) y protagonizada por Jason Statham, el duro prota de Transporter y actor recurrente en películas del genio Guy Ritchie. Sin embargo esta película, adaptada a los tiempos actuales políticamente correctos, tiene más race que death. Hubo además una secuela en forma de la serie de cómics Death Race 2020, publicada en 1995 con guión de Pat Mills y dibujo de Kevin O’Neill. El polémico videojuego Carmageddon, de 1997, toma una fuerte influencia de la película de Bartel en premisa, reglas de juego y estética, y de hecho se concibió inicialmente bajo la licencia del cómic. Sin embargo, ya antes de Carmageddon existió en 1976 Death Race 2000, juego de recreativas inspirado por la película y que fue el primero en provocar controversias por su mecánica violenta (pese a sus gráficos rudimentarios en blanco y negro basados en píxeles, y que los peatones se llamasen “gremlins”). La temática de las masacres vehiculares tendría su sucesor más claro en la trilogía Mad Max (iniciada en 1979 con la película homónima de George Miller, con Mel Gibson en el papel titular), mientras que la idea de un deporte sangriento y brutal como herramienta de control social daría otra divertidísima cinta de acción en The Running Man (Perseguido), protagonizada por Arnold Schwarzenegger en 1987. En cuanto a sus creadores, Bartel murió en el año 2000 (triste ironía) a la edad de 61 años, tras una prolífica carrera como director, guionista y actor; mientras que Corman sigue en activo con una larga filmografía de serie B y cine independiente a sus espaldas, además de haber servido como mentor a cineastas como James Cameron y Martin Scorsese y a actores como Robert De Niro o Jack Nicholson. Los lectores más frikis no deberían perder de vista el cameo de un jovenzuelo John Landis (director de The Blues Brothers y Un Hombre Lobo Americano en Londres, así como el grandísimo videoclip Thriller de Michael Jackson), haciendo de mecánico. Para los mitómanos, los cochazos asesinos fueron vendidos a distintos museos en Estados Unidos. ¡Si alguien averigua cuáles, se llevará mis elogios en los comentarios!Cartel del remake de Paul Anderson, 2008.

En resumen, Death Race 2000 es ante todo una película muy divertida, cargada de escenas que dejarán estupefacto al espectador y no carente de cierta reflexión social y política acorde a la tendencia fílmica de la época, y que debería dejar más que satisfecho a todo el que quiera una noche de bromas cafres, violencia cutre y coches ridículamente horteras; además de darnos un pedacito de la historia secreta del cine moderno. Muy recomendable para ver en grupo con gente de buen humor (si no, quizá resulte escandalosa y de mal gusto, como a Roger Ebert en su crítica de cero estrellas). Os dejo hasta el siguiente DBZ con una cita maravillosa de este clásico inmortal:

“En cuanto a esta cuestión de la violencia, la técnica de la violencia fue desarrollada en el 2.000.000 A.C. por los australopitecos; tribu de primates cuadrúpedos que no tenían mucho cerebro. Pero que, sin embargo, inventaron el tomahawk y lo utilizaron unos contra otros. Esta práctica llevó al crecimiento del cerebro – otro arma útil. Sí, el asesinato se inventó incluso antes de que el hombre comenzase a pensar. Y ahora, por supuesto, el hombre es conocido como el animal pensante.”

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