Categoría: Apuntes de Cine, Artículos | 1 Comentario | Escrito en 16 agosto, 2011 por Lola Clemente Fernández

Estamos en plena temporada de vacaciones pero, ¡cuidado! El cine de terror nunca ha sido muy amigo del turismo en ninguna de sus variantes. Empeñado en magnificar los posibles riesgos resultantes de abandonar la tranquilidad del hogar para adentrarse en entornos desconocidos, el género se ha consagrado a plasmar las pesadillas de los viajeros incautos independientemente de cuál sea su destino.
Lo que no se podían imaginar los viajeros de Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula, Prince of Darkness, Terence Fisher, 1966) es que su visita a los Cárpatos iba a servir para resucitar al vampiro más temible de todos los tiempos: el infame conde Drácula, encarnado memorablemente por Christopher Lee. |
Parece que Centroeuropa es un lugar muy, pero que muy peligroso para viajar, en el que –además de perversos chupadores de sangre– se agazapan psicópatas del más variado pelaje. Y si no, que se lo digan a los inocentes turistas estadounidenses de Hostel (2005). Su secuela Hostel 2 (2007), también dirigida y escrita por Eli Roth, se permite incluso un guiño vampírico: uno de los despiadados matarifes es una mujer apodada “señora Bathory”, que en vez de un lifting, prefiere tomar bañitos de sangre para mantener su piel joven y tersa. |
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| Y es que ser turista, joven y además norteamericano parece ser una de las combinaciones más pésimas. Además de las entregas de Hostel, otras películas como Turistas (John Stockwell, 2006) o Las ruinas (The Ruins, Carter Smith, 2008), ambientadas respectivamente en Brasil y en México, dan testimonio de los múltiples riesgos que acechan a los inexpertos chavalines fuera de los Estados Unidos. Si es que ¿dónde se va a estar mejor que en casita? |
Claro que, como demostró el cine setentero made in USA, el terror también espera en los recovecos de la segura patria. Si se va de viaje en coche, mucho cuidado con caer en una “trampa para turistas”, puede costar mucho más caro de lo que uno se espera. Testigo de ello es el grupito de jóvenes protagonistas de Trampa para turistas (Tourist Trap, David Schmoeller, 1979), que tienen la desgracia de acercarse a un Museo del Viejo Oeste cerrado, un sitio ubicado en medio de la nada en el que vive un tipo (Chuck Connors) chapado a la antigua y con una fijación insana por los maniquíes. |

Como dan fe un buen puñado de filmes mediocres de jóvenes odiosos y descerebrados masacrados uno a uno, nada puede resultar más letal que juntar universitarios de acampada y consumo de drogas. Sirva como ejemplo la protagonista (Lindsay Haun) de Cabeza de muerte (Fungus Mortalitas, Paddy Breathnach, 2006), enloquecida tras darle un bocado a una seta alucinógena bastante chunga. |
Los teóricamente más inocentes campamentos de verano tampoco son de fiar, sobre todo si se llaman Cristal Lake. Basta recordar las terribles muertes de los protagonistas de la franquicia iniciada por Viernes 13 (Friday the 13th, Sean S. Cunningham, 1980), algunas de ellas (pertenecientes a la segunda entrega firmada por Steve Miner en 1981) fotocopiadas de la película de Mario Bava Bahía de sangre (Reazione a catena, 1971). |
En Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, John Landis, 1981) dos amiguetes mochileros se topan, mientras recorren un brumoso páramo británico, con un sanguinario hombre lobo. Uno de ellos (Griffin Dunne) morirá en el ataque. El otro (David Naughton) sobrevivirá, pero con la maldición del licántropo a cuestas. |
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| Con Tiburón (Jaws, 1975), Steven Spielberg metió el miedo en el cuerpo a todos los amantes de las vacaciones de sol y playa. Desde entonces le salieron muchísimos sosias al temible gran blanco, desde los protagonistas de sus secuelas hasta otras imitaciones (cuando no, plagios directos) como ¡Tintorera! (René Cardona Jr., 1977) o Tiburón 3 (L’ultimo squalo, Enzo G. Castellari, 1981) –una película italiana que, pese a su confuso título en España, no debe confundirse con la “oficial” Tiburón 3: el gran tiburón (Jaws 3-D, Joe Alves, 1983)–. Ya en este siglo, otras películas como Open Water (Chris Kentis, 2003) o El arrecife (The Reef, Andrew Traucki, 2010) pretenden demostrar, con un afán más documentalista –aunque con tufillo a telefilmes de sobremesa “basados en hechos reales”–, que el tiburón sigue siendo la estrella de las aguas. |
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Después del hallazgo de Steven Spielberg, muchos otros bichos acuáticos se dedicaron a sembrar el terror entre los confiados bañistas protagonizando subproductos pésimos como Barracuda (Harry Kervin y Wayne Crawford, 1978), Tentáculos (Tentacoli, Ovidio G. Assonitis, 1977) o la bizarra El devorador del océano (Shark: Rosso nell’oceano, Lamberto Bava, 1984), una película en la que la hambrienta criatura es un híbrido entre tiburón y pulpo, producto de un macabro experimento genético. El peligro no siempre provenía del mar: en Playa sangrienta (Blood Beach, Jeffrey Bloom, 1980) no se estaba seguro ni en la arena de la playa. |
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| En Piraña (Piranha, 1978), Joe Dante –bajo la batuta del astuto Roger Corman– traspasó con brillantez los peligros del océano a las tranquilas aguas dulces de un pueblecito turístico, asolado por unas voraces pirañas manipuladas científicamente con propósitos militares. Su secuela Piraña II: los vampiros del mar (Piranha Part Two: The Spawning, 1981), un bodrio en el que debutó como director James Cameron, permitió a los tragones pececillos conquistar el agua salada e incluso el aire. En la reciente Piraña 3D (Piranha, Alexandre Aja, 2010) las víctimas propicias son estudiantes de vacaciones de primavera, aunque con tanta chica con o sin bikini el conjunto tiene un ambiente decididamente estival. |
En ¿Quién puede matar a un niño? (1976) una pareja de guiris de turisteo en una isla española se ven inmersos en una situación dantesca: los niños de la zona “enloquecen” y comienzan a asesinar despiadadamente a los adultos. Una memorable muestra del fantaterror patrio dirigida por Narciso Ibáñez Serrador años antes de que Stephen King pergeñara su famoso relato “Los chicos del maíz”. |
Tampoco hay que fiarse de los lugareños australianos a lo “Cocodrilo Dundee”: su trato campechano y afable puede esconder unas intenciones de lo más siniestras. Tal es el caso del sádico psicópata de Wolf Creek (Greg McLean, 2005), encarnado portentosamente por John Jarratt. |
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Reunirse con los colegas para unas vacaciones “deportivas” puede tener consecuencias desastrosas, como sucede a los protagonistas de Defensa (Deliverance, John Boorman, 1972), cuya escapada de rafting se convertirá en un viaje sin retorno a la brutalidad de la América profunda. Tampoco saldrán mejor paradas las chicas de The Descent (Neil Marshall, 2005), espeleólogas aficionadas que se verán envueltas en una pesadilla en las profundidades de unas cuevas. En ambos casos la lucha por la supervivencia hará aflorar las tensiones en el grupo, sacando lo peor de sus integrantes. Ir solo a este tipo de excursiones tampoco es garantía de seguridad, como demuestra la traumática experiencia vivida por Aron Ralston (James Franco) en 127 horas (127 Hours, Danny Boyle, 2010). |
Por último, hay que extremar las precauciones y tratar de pasar desapercibido si uno decide acercarse a las “apacibles” fiestecillas locales. Podemos acabar convertidos en el alma de la fiesta como los incautos viajeros de 2000 maníacos (Two Thousand Maniacs!, Herschell Gordon Lewis, 1964) o ser sacrificados a deidades paganas como en El hombre de mimbre (The Wicker Man, Robin Hardy, 1973). Si decidimos darnos un garbeo por el centenario de la localidad costera de Antonio Bay, mucho ojo con toparnos con el alma de un marinero muerto. |
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