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Apuntes de cine: Mujeres acosadas

Categoría: Apuntes de Cine, Artículos | 1 Comentario | Escrito en por Lola Clemente Fernández

apuntes de cine

Con la excusa del reciente estreno de La víctima perfecta (The Resident, Antti Jokinen, 2011), un thriller al uso en el que una bella doctora es acosada por un perturbado, dedicamos esta entrega de “Apuntes de cine” a las víctimas femeninas, en especial a esas mujeres independientes, trabajadoras y emancipadas sexualmente que se sitúan en el punto de mira de pervertidos, pretendientes apocados y retrógados o acosadores del más variado pelaje.

 

En Psicosis (Psycho, 1960), Hitchcock tuvo el feo detalle de acabar con su estrella al poco de comenzar la función. Muchos thrillers posteriores tomaron elementos de este gran clásico, como la mujer desinhibida sexualmente (y castigada por ello), el hombre con evidentes dificultades de comunicación con el sexo opuesto, acosado por fantasmas de tipo freudiano y, por supuesto, la escena de voyeurismo en el baño, mentada hasta la extenuación. Ese mismo año, William Powell alumbró a otro asesino voyeur en El fotógrafo del pánico (Peeping Tom), en este caso armado con una cámara de fotos.

 

Víctima por excelencia de las tramas rocambolescas del giallo, la mujer hermosa se convierte en el principal objeto de deseo del asesino. Objetualizada, depredada, humillada, mutilada, asesinada… nada es suficiente para una galería de matarifes misteriosos (de corte fálico, pero no necesariamente hombres) malsanamente obsesionados con el género femenino. Aquí, una imagen de El pájaro de las plumas de cristal (L’uccello dalle piume di cristallo, 1971) de Dario Argento.

 

En el telefilme de regusto hitchcockiano ¡Alguien me está espiando! (Someone’s Watching Me!, 1978), John Carpenter estableció muchos de los tópicos del thriller con “mujer acosada”, a la vez que anticipaba algunos rasgos del icónico Michael Myers. Tras un fracaso sentimental, la protagonista (Lauren Hutton) trata de iniciar una nueva vida en otra ciudad. Por desgracia, se convierte en el pasatiempo de un trastornado que la asusta por teléfono y que parece vigilar su apartamento con un telescopio desde el edificio de enfrente. La trama de ¡Alguien me está espiando! ha sido aprovechada hasta la saciedad tanto en la grande como en la pequeña pantalla. ¿Quién no recuerda a Shannen Doherty sufriendo acoso en la televisiva Terror en la mirada (Nightlight/View of Terror, Louis Bélanger, 2003), tantas veces emitida en horario de sobremesa?

El thriller erótico de vocación mainstream aprovechó intensamente la temática de “mujeres acosadas”, generando un buen puñado de subproductos apoyados, eso sí, en la presencia de atractivas estrellas. La presencia de una Sharon Stone post-Instinto básico es la piedra angular de Acosada (Sliver, Phillip Noyce, 1993), un filme bastante mediocre que adaptaba una novela de Ira Levin publicada dos años antes. En ese mismo marco se sitúa Nunca hables con extraños (Never Talk to Strangers, Peter Hall, 1995), un thriller tan tramposo como torpe apenas recordado por la escena en la que Rebecca De Mornay mordisquea con deleite el trasero de su amante latino (Antonio Banderas).

 

En Copycat: copia mortal (Copycat, Jon Amiel, 1995), Sigourney Weaver encarna a una prestigiosa psicóloga que sufre agorafobia desde que fue atacada por un asesino en serie. Desgraciadamente, el haber convertido su casa en una suerte de fortín no le librará de las acechanzas de los imitadores del psicópata.

 

En Mujer blanca soltera busca… (Single White Female, Barbet Schroeder, 1992), Bridget Fonda abría las puertas de su apartamento a una tímida Jennifer Jason Leigh, sin imaginar que convertiría su vida en un infierno (asesinato de mascota incluido, uno de los tópicos por excelencia de este tipo de cine). Y es que la acosadora también puede ser una débil mujer.
En muchos de estos productos noventeros, el insidioso intruso no amenaza únicamente a mujeres solteras (con o sin compromiso). También es capaz de alterar la paz de familias establecidas. Películas como De repente, un extraño (Pacific Heights, John Schlesinger, 1990), La mano que mece la cuna (The Hand That Rocks the Cradle, Curtis Hanson, 1992) y Falsa seducción (Unlawful Entry, Jonathan Kaplan, 1992) son solo algunos ejemplos de los peligros que se ciernen sobre los felices hogares burgueses.

 

Aunque “basada en un hecho real”, probablemente uno de los acosos más marcianos sea el relatado en la película El ente (The Entity, Sidney J. Furie, 1982), en donde una mujer (Barbara Hershey) sufre el ataque inmisericorde de un ser invisible, una suerte de íncubo que la somete a brutales y constantes violaciones.

 

En otras ocasiones –sin duda las más terroríficas– el acosador no es un desconocido, sino un familiar cercano, generalmente el marido. En Luz que agoniza (Gaslight, George Cukor, 1944) –adaptación de la obra de Patrick Hamilton, ya llevada a la gran pantalla en la británica Luz de gas (Gaslight, Thorold Dickinson, 1940)–, un malísimo Charles Boyer abusa psicológicamente de su esposa de una forma especialmente cruel. Su estrategia, hacer creer a la pobre mujer (una dulce y vulnerable Ingrid Bergman) que se está volviendo loca de remate, una forma de acoso moral tan maquiavélica que acabó popularizando en nuestro idioma la expresión “hacer luz de gas”.

 

El thriller está sembrado de ex maridos y ex novios celosos y obsionados. A veces, como sucede en Acosada en la noche (Stalked, Douglas Jackson, 1994), la relación sentimental con su víctima solo ha tenido lugar en la imaginación enferma del acosador. En Acero azul (Blue Steel, Kathryn Bigelow, 1989), un demente sin escrúpulos juega al gato y al ratón con una policía novata (Jamie Lee Curtis).

 

En Acosada. El hombre que regresó de la muerte (1985), muestra del fantaterror español dirigida por Sebastián D’Arbó, ni siquiera el asesinato del marido libera a la esposa del maltrato. Y es que, al tratar de librarse de su dépota cónyuge, Victoria Vera pone en marcha una siniestra venganza fantasmal. Unos años antes, el “Profesor D’Arbó” realizó El ser (1982), inspirada en un caso paranormal acaecido en Barcelona.

 

Parte del macabro juego del acosador es poner en entredicho la cordura de la víctima; será trabajo del espectador discernir entre la retorcida realidad y el alucinado producto de una mente enferma. En El rapto de Bunny Lake (Bunny Lake Is Missing, Otto Preminger, 1965), una madre soltera (Carol Lynley) denuncia la desaparición de su hijita Bunny. Por desgracia, el secuestrador –al parecer, también un experto en “hacer luz de gas”– ha borrado los rastros de la niña de una forma tan minuciosa que el policía encargado del caso (Laurence Olivier) comienza a dudar de su misma existencia.

 

Las enfermedades, las minusvalías o los traumas vuelven a la víctima mucho más vulnerable (al menos en apariencia), pero sin restarle ni un ápice de atractivo. Como ejemplos paradigmáticos, Dorothy McGuire haciendo de muda en La escalera de caracol (The Spiral Staircase, Robert Siodmak, 1945) y Audrey Hepburn, ciega en Sola en la oscuridad (Wait Until Dark, Terence Young, 1967).

 

Sin aportar nada más a sus predecesoras que el buen hacer de Hilary Swank, La víctima perfecta vuelve a advertir de los numerosos peligros que acechan a una mujer sola en una gran ciudad.
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