Categoría: Apuntes de Cine, Artículos | No hay comentarios | Escrito en 25 julio, 2011 por Lola Clemente Fernández

Aprovechando el reciente estreno de Bad Teacher (Jake Kasdan, 2011), una comedieta chusca con Cameron Diaz como profesora cañón dispuesta a escandalizar al personal, dedicamos esta entrega de “Apuntes de cine” a la figura del docente. |
Muchas películas se han consagrado a enaltecer la figura del maestro en sus múltiples variantes, dando cuenta de las satisfacciones y de los sinsabores de una profesión eminentemente vocacional. Ejemplos clásicos son la británica Adiós, Mr. Chips (Goodbye, Mr. Chips, Sam Wood, 1939) –versionada en 1969 con Peter O’Toole en el papel principal– y la japonesa Veinticuatro ojos (Nijûshi no hitomi, Keisuke Kinoshita, 1954). |
Quizá uno de los tributos más emotivos sea el discursito pronunciado por una alumna al final de Profesor Holland (Mr. Holland’s Opus, Stephen Herek, 1995), que hace saltar las lagrimillas del susodicho profe de música (Richard Dreyfuss): “Nosotros somos su sinfonía. Somos las melodías y las notas de su concierto y somos la música de su vida“. |
Lejos de estas estridencias sentimentales se encuentra el afán documentalista de las francesas Hoy empieza todo (Ça commence aujourd’hui, Bertrand Tavernier, 1999) y La clase (Entre les murs, Laurent Cantet, 2008). Pocas veces el cine ha reflejado de una manera tan descarnada los claroscuros del mundo de la educación, mostrando una visión desmitificadora del sistema y de sus protagonistas. |
La educación como valiosa herramienta para transformar el mundo (tanto exterior como interior), es el mensaje recurrente. En Los chicos del coro (Les choristes, Christophe Barratier, 2004), la música sirve para extraer lo mejor de las personas, funcionando como un medio de inserción social. En An Education (Lone Scherfig, 2009) y La sonrisa de Mona Lisa (Mona Lisa Smile, Mike Newell, 2003), la enseñanza se asocia a la emancipación femenina. |
Lógicamente, muchas historias de realización y superación personal –de una larga lista que contempla títulos tan variados como El milagro de Ana Sullivan (The Miracle Worker, Arthur Penn, 1962), Quiero bailar (Billy Elliot, Stephen Daldry, 2000) o Precious (Lee Daniels, 2009)– han remarcado el poder liberador de la misma. |
El proceso de cambio afecta tanto al profesor como al alumno, al estar cimentado en la relación enriquecedora entre ambos y en el aprendizaje mutuo. En Educando a Rita (Educating Rita, Lewis Gilbert, 1983), la deslenguada Julie Walters trae un soplo de aire fresco a la vida de Michael Caine, un quemado docente universitario que ahoga sus penas en cantidades ingentes de alcohol. En Un poeta entre reclutas (Renaissance Man, Penny Marshall, 1994), el protagonista (Danny DeVito) se encontrará con su verdadera vocación gracias a la magia de Shakespeare. |
Como forjador de mentes, el profesor puede decidir fomentar el pensamiento crítico y la libertad de ideas o limitarse al papel de mero transmisor de los valores más rancios de la sociedad. Poseído por un espíritu revolucionario, el romántico histrión encarnado por Robin Williams en El club de los poetas muertos (Dead Poets Society, Peter Weir, 1989) hace tambalear los cimientos de un rígido colegio mayor con sus rompedores métodos pedagógicos. |
En La herencia del viento (Inherit the Wind, 1960), del siempre comprometido Stanley Kramer, la decisión de explicar en clase la teoría de la evolución de Darwin desatará la furia de los fundamentalistas cristianos, costando al maestro una detención y un posterior juicio. |
El educador se convierte en un personaje negativo cuando, en vez de alentar a sus alumnos a pensar y decidir por sí mismos, actúa como un anquilosado representante del poder establecido o, lo que es peor, se dedica activamente al adoctrinamiento. Un caso particular es el que plantea el filme alemán La ola (Die Welle, Dennis Gansel, 2008), en donde el profesor pondrá en marcha un experimento empleando a sus alumnos como cobayas. La finalidad: poner de relieve el poder de subyugación de los métodos empleados por los totalitarismos para aniquilar la voluntad del individuo. Huelga aclarar que con tanta disciplina, conciencia de grupo, culto al líder y adolescentes manipulables el asunto se le irá pronto de las manos. |
Otros filmes, más interesados en las posibilidades románticas de la (asimétrica) relación entre profesor y alumna, han tratado la figura del primero como una suerte de Pigmalión, subtexto misógino incluido. Referencia obligada es el musical My Fair Lady (George Cukor, 1964), una de las películas más famosas de la mítica Audrey Hepburn. Esta historia de amor entre un refinado profesor y una chica humilde adaptaba la obra teatral de George Bernard Shaw, llevada previamente a la gran pantalla en Pygmalion (Anthony Asquith y Leslie Howard, 1938) y de la que se baraja un remake con la actriz Carey Mulligan. |
Más “inapropiada” aún resultaba la relación entre una atractiva profesora y su discípulo adolescente plasmada en la sueca La belleza de las cosas (Lust och fägring stor, Bo Widerberg, 1995), una fantasía erótica hecha realidad sin escatimar detalles escabrosos. |
En la notable Semilla de maldad (The Blackboard Jungle, Richard Brooks, 1955), un Glenn Ford veterano de guerra pero novato en las lides educativas se enfrenta a todas las rugosidades de la profesión, delincuencia juvenil incluida. La película acomete con acierto temas espinosos como la violencia dentro y fuera de las aulas o el racismo, a la vez que reflexiona sobre el desencanto (traducido en agresividad y rebeldía) de la juventud de la posguerra. Atención a los angelitos a los que le toca dar clase al protagonista, entre los que se cuentan Paul Mazursky, Vic Morrow y Sidney Poitier. Poco más de una década después, el mismo Poitier pasó de alumno macarra a profesor con buenas intenciones en la británica Rebelión en las aulas (To Sir, with Love, James Clavell, 1967). |
A finales de los ochenta, productos como El rector (The Principal, Christopher Cain, 1987), con James Belushi, Lecciones inolvidables (Stand and Deliver, Ramón Menéndez, 1988) con Edward James Olmos y Escuela de rebeldes (Lean on Me, John G. Avildsen, 1989) con Morgan Freeman convirtieron el cine de institutos de “pandilleros chungos” en un subgénero repleto de tópicos. |
Otras muestras de esta corriente –bastante infumables, dicho sea de paso– son Mentes peligrosas (Dangerous Minds, John N. Smith, 1995) y Diarios de la calle (Freedom Writers, Richard LaGravenese, 2007), protagonizadas respectivamente por unas combativas Michelle Pfeiffer y Hilary Swank. |
Claro que la catártica Curso de 1999 (Class of 1999, Mark L. Lester, 1990) –secuela de la ya de por sí bizarre y extrema Curso 1984 (Class of 1984, 1982), realizada por el mismo director– llevará el conflicto entre las viejas y las nuevas generaciones a límites inimaginables. Igual de radical será la solución encontrada para disciplinar a los insolentes punkies que conforman el alumnado: sustituir a los sufridos educadores por temibles cyborgs. |
Sin espectacularidad pero con mucho dramatismo, La calumnia (The Children’s Hour, William Wyler, 1961) relata las amargas consecuencias de la mentira infantil: una niña mimada y perversa –digna heredera de la rubita relamida de Mala semilla (The Bad Seed, Mervyn LeRoy, 1956)– trae la desgracia sobre sus profesoras acusándolas de lesbianas, algo nada baladí en la sociedad de entonces. Un incisivo ataque al moralismo imperante con inmensas interpretaciones de Audrey Hepburn y Shirley McLaine. |
En la japonesa Confessions (Kokuhaku, Tetsuya Nakashima, 2010), la depravación de los estudiantes alcanzará cotas criminales, forzando a la profesora a orquestar una minuciosa venganza. Y es que, entre los deberes de un buen educador, también está el de “corregir a los alumnos cuando van por mal camino”. |
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