Categoría: Cine Español | No hay comentarios | 27 septiembre, 2009
Parece que, en una sociedad tan marcadamente audiovisual como la nuestra, a pesar de todo seguimos padeciendo una preocupante incapacidad para leer imágenes. Únicamente así se explica que parte de los críticos se haya ensañado (hasta llegar al silbido durante la entrega del premio) con La mujer sin piano de Javier Rebollo, Concha de Plata en San Sebastián al mejor director.
Sólo hace falta echar un vistazo a la filmografía de este singular creador para darse cuenta de que es un narrador visual y auditivo. El sonido es fundamental en el cine de Rebollo. No nos engañemos: el sonido es fundamental en el cine, punto. Lo que no significa que haya que embadurnarlo todo con diálogos y música. Hay quien se muestra indignado ante el uso del director de la música: lejos de subrayados innecesarios, o de utilizarla para sumergir al espectador emocionalmente en la escena, él, por el contrario, prescinde de la música por completo (Lo que sé de Lola) o bien la usa para distanciar (arrancar, de hecho) al espectador de la película. Ahora bien, ¿por qué eso está mal? Pues ni más ni menos que porque no es a lo que nos tienen acostumbrados.
Lo mismo ocurre con los diálogos. Parece que si los personajes no hablan, el cine es aburrido. Pero muchas veces se cuenta más en silencio. Algunos de los mejores momentos de la Historia del Cine, pese a todas esas recopilaciones de “grandes frases” o “diálogos inmortales”, se componen de silencios. El silencio es miel, claro, y ya se sabe lo que se dice de la miel y el asno.
Y luego están las críticas hacia lo que se cuenta. Muchos sesudos críticos se han quejado de que el filme que le ha valido la Concha de Plata a su director es simplemente “una mujer andando por Madrid”. Pues sí, es verdad, en el mismo sentido en que En busca del tiempo perdido es sólo “un señor comiéndose una magdalena”. Como decía, con todo el bagaje audiovisual que tenemos, aún somos incapaces de extraer de una película más información que la que nos explican sus protagonistas o, a ser posible, una voz en off, gracias. Lo que me recuerda que el otro día volví a ver esa película sobre “unos señores andando por el campo” que dirigió el tal Tarkovski… habráse visto, qué desfachatez la del soviético.
Sostiene Rebollo que su película es “clara como un tebeo de Tintín”. Su proceso de creación es inverso al de la mayoría de cineastas: lejos de la autocomplacencia del añadido superfluo, Javier se dedica, a la hora de rodar, a quitar cosas en lugar de ponerlas. Los detalles narrativos, si no sirven más que para dar capricho (al director o al espectador), no tienen razón de ser. Pero claro, a nosotros, espectadores acostumbrados a que nos expliquen todo (dos veces, si puede ser, gracias otra vez), nos queda la sensación de que nos falta algo. Todo lo contrario: lo que vemos es lo que hay. Lo que uno quiera añadir a la película, será de su cosecha. Lo cuál la hace, si cabe, más mágica, porque de este modo no hay una sino cientos, miles de mujeres sin piano.