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13 asesinos: el chambara según Takashi Miike / ***1/2

Categoría: Críticas | 1 Comentario | Escrito en por Lola Clemente Fernández

De la mano del realizador japonés Takashi Miike llega a las carteleras españolas 13 asesinos (Jûsan-nin no shikaku, 2010), una película de samuráis a la antigua usanza, remake del filme homónimo de 1963 firmado por Eiichi Kudo. Aunque más conocido en estos lares por cintas de terror como Llamada perdida (Chakushin ari, 2003), Audition (Ôdishon, 1999) o la televisiva Huella (Imprint, 2006) –el mejor episodio de la primera temporada de Masters of Horror, que de hecho no fue emitido en USA por considerarse demasiado “extremo”–, en las que cabalga de lo más comercial a lo más bizarro, Miike dista mucho de ser un director encasillable. A lo largo de su abultada filmografía ha tocado todos los palos, desde el musical hasta el western pero siempre imprimiendo su estilo particular convulso, hiperviolento y rebosante de humor absurdamente grotesco. Baste recordar sus lisérgicas reinterpretaciones del cine “de yakuzas” Ichi the Killer (Koroshiya 1, 2001) y Gozu (Gokudô kyôfu dai-gekijô: Gozu, 2003) –para muestra un botón, pues buena parte de sus películas tocan el tema de las mafias japonesas–, espectáculos de horror y tortura de inspiración granguiñolesca.

En 13 asesinos el irreductible Miike se sumerge de lleno en el cine chambara, dando cuenta (una vez más) de la gloria y miserias del código de honor de los samuráis. Ambientada en 1844, la película da cuenta de las maldades cometidas por un señor depravado y cruel llamado Naritsugu (Gorô Inagaki), hermano menor del sogún. El relato de sus caprichosas atrocidades y la posibilidad de su acceso al Shogunato –que instauraría una nueva edad de caos– enerva a otros personajes igualmente poderosos, pero no tanto como para poner freno a sus crímenes. Así las cosas, el oficial Sir Doi (Mikijiro Hira) decide resolver el problema de forma extraoficial, encargando al samurái Shinzaemon Shimada (Kôji Yakusho) que asesine a Naritsugu. Shinzaemon acepta la misión y conforma un pequeño equipo de hombres de confianza, los “asesinos” en cuestión. Claro que no será un trabajo fácil, pues para matar al tirano deberá acabar primero con su servidor, el temible samurái Hanbei Kitou (Masachika Ichimura).

Al preparar una película no me gusta ver películas similares como referencia. Lo más importante a la hora de hacer el remake de un clásico es tener respeto por la original”. A pesar de las palabras pronunciadas por su director, al visionar 13 asesinos resulta difícil no remitirse a obras hiperconocidas como Rebelión (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu, Masaki Kobayashi, 1967), Los siete samuráis (Shichinin no samurai, Akira Kurosawa, 1954), 47 ronin (en sus versiones de 1941 y 1962, dirigidas respectivamente por Kenji Mizoguchi e Hiroshi Inagaki) o Eleven Samurai (Ju-ichinin no samurai, 1966), también de Eiichi Kudo. Pues, aun elevando las cotas de violencia y trocando el sobrio blanco y negro del original por un color sucio que transpira sangre, sudor, lágrimas y barro, la película destila clasicismo por todos sus poros. Al contrario de lo que hizo Takeshi Kitano en Zatôichi (2003), su particular e inclasificable versión de un personaje extremadamente popular en la cultura japonesa¹, Miike deja la vanguardia a un lado y se empapa de tradición. Sin embargo, podemos apreciar muchos de sus tics a lo largo del metraje, especialmente en el retrato de Naritsugu –similar en espíritu al sádico Kakihara (Tadanobu Asano) de Ichi the Killer– y sus actos execrables –la campesina mutilada– y en el excéntrico personaje del montañés Koyata Kiga (Yûsuke Iseya), contrapunto cómico a tanta seriedad y heroísmo.

En este sólido ejercicio de estilo, Miike mira, al igual que muchos otros cineastas antes que él –en especial, el gran Akira Kurosawa–, al western como ejemplo, trazando un paralelismo entre la figura del samurái –observada como inútil dada su escasa relevancia en los tiempos de paz (que no de justicia) en los que se desarrolla la acción– y los “tipos duros” del Oeste, pistoleros o sheriffs de gatillo fácil despreciados por su profesión pero idóneos para llevar a cabo el trabajo sucio (acabar con las injusticias a golpes de revólver). Como sus homólogos norteamericanos, el grupo de asesinos protagonistas se sabe arrastrado por los civilizados (al menos en teoría) nuevos tiempos, prefiriendo mil veces “morir con las botas puestas” en lugar de gozar de una vida apacible pero cobarde. Una decisión que cristalizará en una larguísima, espectacular y desigual batalla entre los protagonistas y las fuerzas del tirano.

El director deja que sus doce asesinos (pues uno de ellos no es samurái) se enfrenten, como tantos otros antes que ellos, a las contradicciones inherentes a su profesión: “Nuestro cometido no es preguntarnos el porqué, sino acatar nuestro destino y morir”. Una vida de lealtad, obediencia ciega y valor casi nunca agradecida (“ser samurai es un engorro”) en la que se corre el riesgo de verse relegado a perro de presa al servicio de la tiranía, como le sucede al personaje de Hanbei, el principal antagonista de Shinzaemon. Y es que, como dice el líder de este grupo de justicieros con katanas, “como samurái, haré lo que deba hacerse por el pueblo”, aunque eso implique convertirse en un “asesino” contraviniendo sus propios principios. En 13 asesinos, como en las buenas películas de samuráis, el clasicismo y la reconstrucción histórica van indisociablemente unidos a temas universales que nunca perderán su vigencia: la rebelión contra la tiranía y la injusticia detentada por los poderosos.

Lo mejor: Que combina con acierto los códigos del chambara con el estilo personal e irreverente de Miike.

Lo peor: El escaso carisma del actor encargado de dar vida al sádico Naritsugu. Que la copia distribuida internacionalmente tiene una duración de 126 minutos, frente a los 141 exhibidos en Japón.

Nota: ***1/2

¹ Este legendario espadachín ciego salido de la pluma del novelista Kan Shimozawa ha poblado profusamente el cine y la televisión niponas, siendo incluso traspuesto al cine USA en la descacharrante Furia Ciega (Blind Fury, Phillip Noyce, 1989), con Rutger Hauer como ex veterano de Vietnam invidente. Hace unos pocos años fue llevado al teatro por el mismo Miike.

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