Categoría: Críticas | No hay comentarios | 1 noviembre, 2009
De un tiempo a esta parte muchos nos preguntábamos dónde se han metido Julia Roberts o Meg Ryan. No es que las echáramos de menos a ellas especialmente y menos a Sandra Bullock. Es que, por lo menos, en los 90 había comedias románticas. Desde Love Actually ha habido poco. Puede que por eso, una especie de “maldición” acecha al género comedia romántica haciendo que cualquier film con estas características sea tachado de poco original e insignificante. Quiero aclarar que no considero comedia romántica las intrusiones de Heigl y Butler en la gran pantalla, porque lo de comedia me resulta eufemístico.
Yo echaba de menos una señora comedia romántica. Ningún rollo de bragas vibradoras sin venir a cuento. Y entré a ver 500 días juntos (500 days of summer) sin mucho afán a pesar de Sundance. Cuando en el primer plano, sobre negro, unas letras blancas nos aseguran “Lo siguiente es un trabajo de ficción. Cualquier parecido con personas vivas o muertas es pura coincidencia. Especialmente tú, Jenny Beckham. Puta” ya sabemos en qué términos estamos hablando: el resentimiento es un arma cargada de arte. No hay nada como saber enfocarlo y transformarlo en una agridulce película que ni de lejos va sobre el amor en sí, sino sobre el reflejo del amor, la necesidad del amor que nos crean las películas, los libros y las canciones de “Oasis”. Esta peli va más allá. No se queda en el “Se conocen, se quieren y luego se acaba la peli”. Nos cuenta ese después que las comedias románticas se callan: después discuten, discuten más y a él le huelen mucho los pies y puede que algún día no se quieran. No lo sabemos.
Es una película escrita y dirigida por hombres. Salen muchísimos actores masculinos y poquísimos femeninos en comparación. La mujer es el “villano” y en contraposición, él es una verdadera “heroína”. El problema es que la chica mentalmente es “un tío” y el chico resulta ser lo más parecido a “una chica sensible” contándole sus cosas a sus “amig@s” de pelo en pecho.
Se trata de una película independiente, moderna y pequeñita, pero no de las independientes que luego han costado un riñón y tienen más pose que otra cosa y arriesgan cero. No. De las buenas, bonitas y baratas. No pretende cambiar la vida de nadie, pero se lo trabajan y hacen una buena película.
Utiliza todos los tópicos del género para burlarse de ellos o bien romperlos. Para empezar rompe el tópico de que las películas románticas hayan de ser principalmente lineales en cuanto a su narración. Con estilo videoclip en el buen sentido nos presenta 500 días de relación, alternando el principio y el final, dejándonos un sabor agridulce en los labios y así riendo y sufriendo constantemente: un sabor mucho más parecido al recuerdo mental que uno puede tener de su pasado: lo bueno siempre entremezclado con lo malo. Lo peor es cuando borramos solamente una de las dos opciones.
El vestuario, lejos de ser glamouroso es muy personal, muy setentero, muy poco “diva” y “galán” y muy nerd. No hay más que ver los pantalones de ella, los chalecos de él y los lazos azules. No son dama y galán enamorados, son dos, bastante tristes y sus cosas.
La pareja, un Heath Ledger en pequeño (Joseph Gordon-Levitt) y una siempre ojiplática Zooey Deschanel, nos dan los dos puntos de vista frente al concepto del amor : el práctico en ella y el idealizado en él. Resulta curiosa la elección de los protagonistas, pero destaca especialmente él, con una actuación totalmente medida y bien dirigida que en ningún momento cae en el absurdo a pesar de pasar por momentos verdaderamente delirantes y sosteniendo la película él solito sobre sus hombros con ayuda de fantásticos secundarios.
Ella le aguanta la réplica, que no es poco y se ve una evolución de expresividad desde su película con Shyamalan (El incidente), pero no consigue ganarle terreno a Levitt en un solo plano.
Los secundarios igualmente, especialmente los amigos y la niña pequeña cierran un perfecto círculo de familiaridad y discurso intimista.
Un guión muy elaborado y divertido, especialmente efectivo, pero sobre todo inteligente. No hay frases de adorno, nada de autoindulgencia, ningún delirio de grandeza o de agudeza. Lo justo. Lo honesto. Unos arcos de transformación congruentes y unas contradicciones evidentes en los personajes que aunque parezcan no tener sentido de primeras, tienen todo el sentido narrativamente. Con juegos de mismas imágenes sobre voces en off diferentes, destaca el montaje y la inclusión y el juego con los grafismos y la imagen. Se nota el pasado como realizador de videoclips de Webb. Especialmente cuando de repente la escena se convierte en dibujo o bien cuando somos conscientes de las expectativas del personaje sobre determinado momento y lo que realmente le está sucediendo. Una mínima voz en off unido a todo esto potencia la sensación de estar viendo un cortometraje. Que esas cosas, en un largo, uno se atreve a hacerlas.
Pero sobre todo quiero destacar las metáforas visuales, tan sutiles como constantes, presentes en forma de ascensores, escaleras y edificios. El protagonista es un arquitecto frustrado y encuentra en los edificios una paz interna que de otra manera es incapaz de conseguir. En vez de sentarse a observar patos en un lago, o un bucólico paisaje como buen galán de comedia al uso, se sienta a observar edificios. Rascacielos. Abundan planos contrapicados, hacia cornisas y edificios. No es hasta que el protagonista sale de su “cubículo” al que llama trabajo y se adentra en un “amplísimo espacio”(especialmente mental, superando el miedo a conseguir lo que realmente quiere) en la última secuencia de la película cuando completa su evolución.
A él le gustaría obligar a la gente a reconocer la belleza de los edificios. Sin embargo, el tema de la película es que no se puede obligar a nadie a hacer, valorar, ser o creer, pero sobre todo, sentir.
Dentro de los mismos edificios, al principio claustrofóbicos, cuando es el amor el que reina y obsesiona, nuestros protagonistas se dejan llevar, casi siempre en ascensores. Sin esfuerzo, todo sale a las mil maravillas. En cambio cuando la vida se pone fea, se acabaron los ascensores y empiezan las escaleras. Y para más inri, escaleras por las que no es siempre fácil bajar. No siempre es fácil reconocer que se vive en una mentira, máxime cuando otros te la han creado y tú te la has mantenido.
Hay demasiados pisos en el amor, demasiados ascensores y escaleras. La película nos refleja la mayoría de ellos. Esperemos que más películas así nos hagan disfrutar de la bajada.
Lo mejor: Ikea, las alusiones al cine de filmoteca, Gordon-Levitt metiendo ficha para ser el próximo Joker y el esfuerzo del guión y dirección por desmontar tópicos de comedias románticas.
Lo peor: Deschanel, que sin ser mala su actuación, palidece al lado de su compañero.