Categoría: Críticas | No hay comentarios | 21 diciembre, 2009
Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.
Después de doce años de sequía (normal, por otra parte, tras el atracón de agua de Titanic), el maestro de las historias imponentes vuelve a coronarse como “rey del mundo”. En este caso, del mundo conocido como Pandora. En una historia que sigue punto por punto todos los tópicos y clichés de la narración clásica, y donde no hay duda, en ningún momento, de por dónde va a transcurrir la acción, Avatar nos sumerge en este mundo selvático, alienígena y deslumbrante. El protagonista, Jake Sully (un Sam Worthington cortado por el patrón del mejor Michael Biehn), sirve de puente entre el espectador y las maravillas visuales que se suceden, una tras otra, en pantalla. Hasta aquí, y como no pocos han apuntado, tenemos una película que justifica su razón de ser en lo puramente visual, con un guión que parece tener el único propósito de dejar lucirse a los efectos especiales.

No sería, en este caso, poco mérito para la película: también cuando fuimos a ver Titanic conocíamos el final histórico, y no hacía falta ser un lince para imaginar los pasos intermedios… ni siquiera con Aliens había mucha duda sobre el desarrollo de la trama. El genio de James Cameron brilla, como el de todo buen director, no en lo que nos cuenta, sino en cómo nos lo cuenta. Y, seamos sinceros… cómo nos lo cuenta, señores.
Sin embargo, un aspecto que gran parte de la crítica está pasando por alto se antoja fundamental para acabar de apreciar esta obra: los avatares que le dan título. Porque aquí sí se plantea una idea que, aunque mil veces tratada en la literatura, no ha sido tan sobreexplotada en el cine como el resto de ideas que componen la película que nos ocupa. Como el protagonista dual de La noche boca arriba de Cortázar, o como Chuang Tzu soñando con ser mariposa, Jake Sully se sumerge en esa doble vida donde el sueño de una mitad es la vigilia de la otra. Y, además, esta premisa se ve reforzada, ya que mientras los científicos usan estos dobles orgánicos, en sintonía con el planeta y sus habitantes, los marines tienen sus propios cuerpos de juguete: avatares mecánicos en este caso, que remiten por fuerza a los famosos elevadores de carga de Aliens. Así, los dos bandos humanos de la película quedan perfilados mediante sus avatares, de una manera sencilla y a la vez de claridad meridiana, con ese simple trazo: naturaleza contra tecnificación.

Porque es ahí donde reside el alma de la película: lejos de las gafas tridimensionales, Avatar es una historia previsible por deliciosamente clásica. Y así, hundiendo sus raíces en la tradición del cuento, Cameron nos plantea la historia del hombre que soñó ser un Na’avi.
Lo mejor: Que James Cameron ha vuelto.
Lo peor: Que no haya dividido esta historia, algo apresurada, en varias películas, como hizo George Lucas con el primer guión de Star Wars.