Categoría: Críticas | No hay comentarios | 17 abril, 2011
No cabe duda que “Caperucita Roja” es un cuento de hadas repleto de recovecos oscuros y perturbadores contenidos sexuales. Con unas raíces lejanas inmersas en la tradición oral, sus diversas versiones –unas más suavizadas, “infantilizadas”, y otras más truculentas y perversas, que juegan incluso con el canibalismo– se han convertido en objeto de estudio de folkloristas y psicoanalistas y han inflamado la imaginación de escritores, artistas y, cómo no, cineastas. El primero que dejó por escrito la historia de esta niña seducida y devorada por un lobo fue Charles Perrault en 1697. En las páginas de su colección de cuentos la confiada chiquilla perecía sin remedio en el estómago de la bestia, como terrible advertencia para las muchachitas que se apartaban del camino marcado dejándose embaucar por atractivos lobos de voz melosa. No sucedía lo mismo en la posterior reescritura de Jacob y Wilhelm Grimm, menos moralizante, en la que la dulce niña y su querida abuelita eran rescatadas de la barriga del lobo por un valiente cazador. Un “happy end” paternalista añadido por los hermanos que se matizaba con un epílogo que contaba cómo la niña y la anciana daban cuenta ellas solas de un segundo lobo sin ayuda masculina.
Caperucita Roja (¿A quién tienes miedo?) (Red Riding Hood, 2011) pone de relieve el interés que sigue despertando este cuento popular. David Leslie Johnson ha sido el encargado de dar forma al guion –a partir de una idea de Leonardo DiCaprio, a la sazón productor del filme a través de su compañía Appian Way–, ofreciendo una variante muy alejada del original y destinada a un público principalmente adolescente. En sus manos, el turbador cuento de la niña y el lobo desaparece para dar paso a un thriller romántico de envoltorio terrorífico, que conserva de la leyenda apenas unos pocos elementos icónicos (una capa roja y un lobo) para dotar al conjunto de un encanto inmemorial. Dado el cariz de esta relectura, la elección de Catherine Hardwicke como directora se antoja la más idónea, dada su habilidad para conectar con un público adolescente. Una capacidad demostrada en Thirteen (2003) y llevada al paroxismo en Crepúsculo (Twilight, 2008), que ha tenido el mérito nada desdeñable –más allá de sus valores cinematográficos– de marcar a toda una generación de jovencitas. Ahí es nada.

La película se abre con unos planos de impresionantes paisajes nevados, un castillo, una ciudad medieval y un espesísimo bosque en cuyas entrañas se alza una minúscula aldea llamada Daggerhorn, escenario en el que se desarrollará la acción y hogar de la protagonista Valerie (Amanda Seyfried). Los padres de esta Caperucita todavía sin caperuza han orquestado su matrimonio con el mejor partido de la zona: el joven herrero Henry (Max Irons), que siempre ha querido a Valerie. Sin embargo, para disgusto de su madre (Virginia Madsen), la chica está locamente enamorada de su novio de toda la vida, un simple leñador llamado Peter (Shiloh Fernandez), por lo que decide fugarse con él. Pero un terrible suceso frustra los planes de la pareja: la hermana de Valerie es asesinada por el Lobo, que rompe así una tregua establecida hace décadas con los habitantes de la aldea. El religioso del lugar (Lukas Haas) pide ayuda al padre Solomon (Gary Oldman), el cual desencadena una caza de brujas al afirmar que el Lobo al que temen es un licántropo que vive en la aldea camuflado con una apariencia humana. En ese clima de paranoia Valerie comenzará a sospechar de todos, incluso de sus dos leales enamorados.
Como ya sucediera en su momento en la imprescindible En compañía de lobos (The Company of Wolves, Neil Jordan, 1984), el lobo feroz de Caperucita Roja (¿A quién tienes miedo?) es un licántropo que oculta su condición de bestia bajo una apariencia humana. En compañía de lobos, con guión del mismo Jordan y de la escritora británica Angela Carter –e inspirado en los relatos de esta “The Werewolf”, “The Company of Wolves” y “Wolf-Alice”–, reinterpretaba “Caperucita Roja” ahondando en sus significaciones sexuales (el despertar sexual de una adolescente) y enriqueciendo la historia con oscuras leyendas de resonancias medievales, según las cuales los lobos más peligrosos son los que esconden el pelo debajo de la piel. Sin embargo, al contrario que la mayoría de las relecturas del cuento realizadas para la gran pantalla, Caperucita Roja (¿A quién tienes miedo?) despoja al cuento tradicional de gran parte de su contenido. No hay moraleja que asuste a los niños y que prevenga a las chicas bonitas de las consecuencias de hablar con extraños. El lobo del cuento, convertido en un depredador sexual muy humano en versiones contemporáneas como Sin salida (Freeway, Matthew Bright, 1996) y Hard Candy (David Slade, 2005) –un asesino serial en la primera y un pedófilo en la segunda–, adquiere en la película de Hardwicke un rol mucho más inofensivo y asexuado.

Dice su directora que los cuentos infantiles “ahondan en los principios más oscuros de la naturaleza humana”. Si bien Caperucita Roja (¿A quién tienes miedo?) se presenta como una suerte de versión “adulta” de la historia, lo cierto es que resulta bastante inocua. Los elementos más interesantes del filme –la paranoia que consume a una sociedad atenazada por el miedo, el rigorismo religioso, la concepción de la aldea como un lugar “maldito” rebosante de sucios secretos, mentiras, odios y envidias– son arrollados, por desgracia, por los más convencionales. Convertida en un thriller con toques de terror light apoyado en una “sorpresa final” (saber quién es el dichoso hombre-lobo), la película parece sin embargo mucho más interesada en centrarse en las preocupaciones sentimentales de su protagonista, inmersa en un complicado a la vez que recatado triángulo amoroso de tintes folletinescos. La Caperucita del filme ya no es una niña que comienza a transformarse en mujer, sino una jovencita casadera que se debate entre el hombre al que ama (el “chico malo”) y el que le conviene (el “chico bueno”). ¿Hará caso a los adultos –origen por otra parte de los conflictos– casándose con quien debe o seguirá los dictados de su corazón? Como sucediera en Crepúsculo (y en el resto de las adaptaciones de los best-sellers de Stephenie Meyer), la película aprovecha los resortes fantásticos como mera excusa para desarrollar una historia de amor romanticona y, sobre todo, para plasmar en detalle las tribulaciones adolescentes: la rebeldía hacia los padres, las dudas, las inseguridades, las tentaciones y atracción por el “lado oscuro”, el amor no correspondido o las amistades traicionadas.

Acorde con ese espíritu teen, la puesta en escena del filme recrea un mundo de fantasía entre videoclipero y publicitario, aderezado con una potente banda sonora supervisada por Brian Reitzell y Alex Heffes que incluye temas de Fever Ray y The Big Pink. Inmersa en un inquietante paisaje de postal, una Caperucita en “modo princesa” luce el palmito acompañada de caras bonitas, desde los dos pretendientes (tan guapos y pulcros como insípidos) hasta su misma madre, una Virginia Madsen tan maquillada y repeinada que parece salida de un anuncio de cosméticos. Menos mal que Gary Oldman tira de histrionismo para animar un poco el cotarro con grandes dosis de comicidad grotesca, como corresponde a un villano de cuento.
Lo mejor: el diseño de las casas del poblado (concebidas como fortalezas contra el lobo) y el camino a casa de la abuela, con los troncos de los árboles repletos de pinchos.
Lo peor: el hombre-lobo animado por ordenador. La sonrojante escena de “maldad infantil”con el conejo.
Nota: **