Categoría: Críticas | No hay comentarios | 19 agosto, 2011
“El hombre era casi un gigante, y sus músculos resaltaban como cuerdas abultadas bajo la sudorosa piel de su cuerpo bronceado por el sol. Una transpiración agónica perlaba su rostro. Pero bajo la alborotada melena negra, sus ojos azules ardían con un fuego inextinguible.”¹
Después de descollar como Khal Drogo en la serie de espada y brujería Juego de tronos, el hawaiano Jason Momoa se pone en la piel, nada más y nada menos, que de Conan, el fabuloso guerrero cimmerio nacido de la pluma de Robert E. Howard. Puede que Momoa no tenga los ojos azules –uno de los rasgos más destacados por el escritor–, pero posee, además del físico y la destreza necesarios, un cierto magnetismo animal que le aproxima a la imagen del guerrero descrita en las novelas.
Claro que el actor no solamente tendrá que competir con el Conan literario –y con su posterior traslación al universo del cómic–; también deberá hacerlo con el interpretado por Arnold Schwarzenegger allá por 1982 en la película firmada por John Milius y producida por Dino De Laurentiis. En el papel que le catapultó a la fama, el austriaco lució su imponente físico de culturista dotando al personaje de una fuerza sin parangón y rebosante de testosterona, pero también de una inocencia genuina, convirtiendo al guerrero bárbaro en un trasunto del “buen salvaje” cuya nobleza (y sentido de la justicia) natural había de chocar necesariamente con la depravación del mundo civilizado. A pesar de ignorar los textos originales, Milius llevó al personaje a su propio terreno de tipos duros fascinados por las armas y combativamente individualistas, imprimiendo al personaje encarnado por Schwarzenegger de un carisma y de un sentido del humor socarrón que han sentado cátedra. Desgraciadamente la idea de Dino De Laurentiis de crear una saga cinematográfica dedicada al personaje no pudo llevarse a cabo, dando como único fruto Conan el destructor (Conan the Destroyer, Richard Fleischer, 1984).

Además de su título compartido, Conan el bárbaro (Conan the Barbarian, 2011) tiene otras cuestiones en común con la película de Milius, como el hecho de que ambas producciones se inspiren en el personaje de Conan pero elaborando aventuras inéditas en las que se concede una importancia vital a la infancia del protagonista, una infancia traumática en la que el destino de Conan se unirá indisolublemente al del villano, ejecutor de su familia y de su pueblo. Por tanto, en este filme volvemos a encontrar de nuevo la venganza como eje principal de la historia; cabe decir en este punto que según los textos del escritor texano, el joven cimmerio abandonó su hogar no acuciado por la tragedia, sino movido por un afán aventurero –siendo sus actos más políticamente incorrectos, al no estar justificados por el deseo de revancha–. Concebida como un reboot del personaje adaptado a lo que se presupone el cine de aventuras del siglo XXI, con un aire videojueguil a lo Prince of Persia pero en barato, Conan el bárbaro se consagra a reinventar otra vez el pasado del mismo tomando algunos elementos de la película de 1982 –por ejemplo, el secreto del acero– y pequeños detalles del original literario, como el nacimiento del mítico guerrero en medio del campo de batalla.
Con un comienzo a lo Señor de los Anillos, Conan el bárbaro relata el auge y caída del poderoso Aquerón, un “señor oscuro” versado en las artes nigrománticas con una crueldad y sed de conquista infinitas. Enfrentados a su dominio, las bandas de bárbaros libres dieron buena cuenta del hechicero, destruyendo asimismo su principal fuente de poder (una máscara). Por descontado que la cosa no quedará así. Tiempo después otro mago malvado con ínfulas de dios llamado Khalar Zym (Stephen Lang) recopilará los pedazos del preciado objeto arrebatándoselos por la fuerza a sus custodios, los jefes de clanes cimmerios entre los que se cuenta el padre de Conan (Ron Perlman en su rol de mala bestia habitual), convirtiéndose por ello en el supervillano de la función. Darán el toque femenino, imprescindible en cualquier aventura fantástico-épica que se precie, las guapas Rachel Nichols y Rose McGowan. La primera será la damisela en peligro, que pese a su rol de víctima demostrará que se trata de una chica de armas tomar –impagable al respecto la delirante escena con los caballos a lo John Wayne–. Mucho más interesante (aunque desaprovechado) resulta el personaje de la segunda, solícita hija del malo –con un complejo de Electra galopante– además de bruja consumada, aunque incomprensiblemente saca menos partido del que se espera a sus increíbles dotes mágicas.

Desafortunadamente, la gran asignatura pendiente de lo que podría ser una nueva etapa del cimmerio en el cine es el guion; la historia, desarrollada a seis manos por Thomas Dean Donnelly, Joshua Oppenheimer y Sean Hood carece del empaque necesario (deshilachándose a velocidad vertiginosa en su tramo final) y tampoco permite lucirse a su protagonista como debiera, recordando más a una versión descafeinada del carismático Drogo de Juego de tronos –un papel que fue determinante para la elección de Momoa como Conan– que al indómito cimmerio. Aunque en palabras de su director Marcus Nispel “el atractivo de Conan es que no se doblega ante nadie. No es políticamente correcto. No se rige por los principios morales de nadie más. Es un bárbaro que no depende de nadie más que de sí mismo”, lo cierto es que al personaje le falta una buena dosis de humor negro y barbárico y le sobra “buen rollo”. Tampoco Nispel se revela como el director más apropiado para estas lides, como demostró en El guía del desfiladero (Pathfinder, 2007), película naif donde las haya con la que Conan el bárbaro guarda más de un punto en común, incluyendo la fascinación –meramente a nivel visual– por las culturas nativas norteamericanas.

Pese a sus evidentes limitaciones, el filme da lo que promete: entretenimiento al más puro estilo de la serie B sin pretensiones. Con una estética abiertamente pulp potenciada a golpes de CGI², Nispel intenta sumergirse en el vibrante universo de fantasía heroica diseñado por Howard quedándose únicamente con lo superficial (fuerza bruta, chicas ligeras de ropa, monstruos y gran efusión de sangre) y añadiendo un buen puñado de detalles chuscos como la bruja con el guantelete a lo Freddy Krueger o el guiño a “Cara de cuero”.
Lo mejor: que posibilite la creación de una saga (más ambiciosa) dedicada a Conan.
Lo peor: una historia y unos personajes de brocha gorda.
Nota: **1/2
¹ “Nacerá una bruja”, novela corta de Robert E. Howard publicada por vez primera en la revista Weird Tales, en diciembre de 1934.
² Computer generated imagery.