Categoría: Críticas | 1 Comentario | 1 septiembre, 2011
Prácticamente finiquitado el verano se estrena Cowboys & Aliens (2011), un filme con intenciones palomiteras más apropiado para rellenar los momentos de aburrimiento estival que para abrir la cartelera en el mes de septiembre. A pesar de las resonancias pulp de su título disparatado, Cowboys & Aliens se presenta como una mezcolanza de western y ciencia-ficción –una conjunción de géneros que, pese a las apariencias, guardan entre sí unas fronteras más que difusas– revestida de una sorprendente gravedad que, dicho sea de paso, resulta muy poco favorecedora debido a la escasa calidad del material en su conjunto.
Producida entre otros por Steven Spielberg y dirigida por un Jon Favreau post-Iron Man, la película se inspira en una idea de Scott M. Rosenberg, gestada allá por 1997 y cuyos derechos cinematográficos fueron vendidos mucho antes de que se materializara en la forma de novela gráfica. Editada por el mismo Rosenberg a través de Platinum Studios en 2006, Cowboys & Aliens (des)aprovecha las amplias posibilidades de la conexión entre la conquista del Oeste y la colonización del espacio exterior. Con un dibujo más que deficiente obra de Luciano Lima, las primeras páginas de este cómic mediocre –cuando no rematadamente malo– escrito por Fred Van Lente y Andrew Foley trazan un burdo paralelismo entre el Destino Manifiesto y el afán imperialista de una poderosa raza de alienígenas, apoyados ambos en el poderío militar y tecnológico. Claro que a todo cerdo le llega su San Martín, y los colonos blancos se verán obligados a probar su propia medicina cuando los belicosos aliens hagan acto de presencia. En su traspaso a la gran pantalla, la trama se modificó prácticamente en su totalidad, aunque conservó su elemento más icónico: los “cowboys” y los “indios”, antaño enconados enemigos, cabalgando unidos para hacer frente a la amenaza invasora.

El guion de Cowboys & Aliens, elaborado por muchas manos (Mark Fergus, Hawk Ostby, Steve Oedekerk, Roberto Orci, Alex Kurtzman y Damon Lindelof), toma ingredientes de aquí y de allá para cocinar una suerte de Independence Day (Roland Emmerich, 1996) con poca sustancia ambientado en el Salvaje Oeste, un despropósito en el que los alienígenas parecen tener una incontenible tendencia a morir como dodos, sucumbiendo ante los embates de humanos armados con palos, piedras y cuchillos de pelar manzanas. El filme mete con calzador un buen puñado de personajes toscamente estereotipados del western, encarnados en su mayoría por actores de renombre: el cacique despiadado (Harrison Ford), acompañado de su mala semilla (Paul Dano) y de su fiel capataz (Adam Beach), el tabernero apocado (Sam Rockwell), el predicador clarividente (Clancy Brown), el sheriff conciliador pero con arrestos (Keith Carradine), los indios valientes pero terriblemente ingenuos… Destaca sobre todos ellos el pistolero solitario encarnado por Daniel Craig, un (anti)héroe al estilo de los “hombres sin nombre” de Clint Eastwood –aunque en su caso la falta de nombre se debe a la amnesia– que, ataviado con un brazalete a lo Predator, encabezará la feroz resistencia humana. Es en su reparto, completado por la guapísima Olivia Wilde (cuya presencia brilla en la pantalla a pesar de lo risible de su personaje de mujer “misteriosa”), donde reside la mejor baza de este filme deslavazado y a ratos tedioso.
Lo mejor: Daniel Craig, al que la ropa de vaquero le sienta como un guante.
Lo peor: Que la unión fraternal entre personajes tan antagónicos resulta poco creíble.
Nota: *1/2