Categoría: Críticas | No hay comentarios | 20 abril, 2011
Antes de dar vida a la desquiciada bailarina protagonista de Cisne Negro (Black Swan, Darren Aronofsky, 2010), papel que le valió el Oscar, Natalie Portman encabezó el reparto de El amor y otras cosas imposibles (Love and Other Impossible Pursuits, 2009), un melodrama cotidiano en el que una familia se enfrenta a una de las experiencias más atroces y dolorosas: la muerte de su bebé. Escrita y dirigida por Don Roos, la película se presentó en el Festival de Toronto en septiembre de 2009, donde no llamó la atención de la crítica. En Estados Unidos se lanzó directamente en DVD en la modalidad de alquiler, teniendo a posteriori un estreno limitado en cines que aprovechaba el tirón de su actriz principal –también productora ejecutiva del filme–, ganadora del Globo de Oro y posteriormente nominada y oscarizada.
El amor y otras cosas imposibles, que adapta la novela homónima de Ayelet Waldman, aborda los problemas y los sentimientos de culpabilidad que ahogan a Emilia (Natalie Portman) y que amenazan con hacer naufragar su reciente matrimonio. Pronto sabremos que su marido Jack (Scott Cohen) era su antiguo jefe, que estaba casado cuando comenzó a salir con ella y que se divorció de su mujer (Lisa Kudrow) al quedarse Emilia embarazada. Por desgracia el bebé de ambos murió a los tres días de nacer, dejando a la recién constituida familia totalmente a la deriva. Emilia, carcomida por el dolor y las culpas y considerada por la ex esposa de su marido como una “destrozahogares”, deberá afrontar muchos otros problemas, entre los cuales el más sangrante es su complicada relación con su hijastro (Charlie Tahan), un niño sobreprotegido que no le pondrá las cosas fáciles.

La película, de correcta ejecución pero resultados bastante discretos, aborda la complejidad de las relaciones sentimentales y los retos implícitos a la familia y la maternidad. El amor y otras cosas imposibles plantea la importancia de afrontar el duelo en compañía de los seres queridos, dejando a un lado las culpas y los rencores y fortaleciendo los vínculos de cariño, así como la necesidad de perdonar a los demás y sobre todo, la de perdonarse a uno mismo cuando los traumas y las desgracias hacen acto de presencia. Una cinta triste –con frecuencia lacrimógena– pero de mensaje esperanzador, en la que está presente en todo momento la imagen de la hija perdida, unas veces retratada en fotos y en dibujos y otra más intangible pero no por ello menos poderosa, en los dolorosos recuerdos de una familia marcada por su pérdida.
Lo mejor: la relación entre madrastra e hijastro, llevada con mucha naturalidad por Natalie Portman y Charlie Tahan.
Lo peor: que en ocasiones parece un telefilme de autoayuda.
Nota: **1/2