Categoría: Críticas | 1 Comentario | 25 mayo, 2011
Walter Black (Mel Gibson) es un hombre que en teoría lo tiene todo: una familia perfecta, un trabajo exitoso, un hogar ideal… pero sin embargo no puede evitar sentirse profundamente infeliz. La depresión, ese mal implacable –la plaga de “nuestro tiempo”, a decir de los medios de comunicación– ha interferido de modo grave en su vida diaria y en su trabajo, fracturando la relación con su familia. Definida por su protagonista como una “mancha de tinta” que lo impregna todo de negatividad, como un “agujero negro” que lo absorbe y destruye todo, esa terrible dolencia ha minado no solo su autoestima, sino también la de sus allegados, abriendo un abismo que cada día parece más difícil de salvar. Pero, tras dos intentos fallidos de suicidio que le hunden aún más en el desánimo (ni siquiera eso lo hace bien), un insólito objeto rescatado de la basura le trae un rayo de luz a su vida: una marioneta de castor a la que Walter dará voz propia, rompiendo el aislamiento en el que está inmerso y permitiéndole verbalizar sus angustias, sus temores, sus necesidades y sus deseos.
Esta curiosa historia, escrita hace algunos años por el guionista y productor Kyle Killen –creador de la serie Lone Star, cancelada por la Fox tras la mala audiencia de sus dos primeros episodios– llamó de inmediato la atención del productor Steve Golin, que empezó a buscar un director apropiado. Finalmente el proyecto fue asignado a Jodie Foster, convirtiéndose en su tercer trabajo como realizadora tras El pequeño Tate (Little Man Tate, 1991) y A casa por vacaciones (Home for the Holidays, 1995), filmes con los que El castor (The Beaver, 2011) comparte el interés por abordar los problemas cotidianos a los que se enfrentan las familias: la enorme dificultad que entrañan las relaciones personales, los chantajes emocionales, el conflicto generacional o las expectativas que se convierten en amargas decepciones. La directora y actriz, amiga de Mel Gibson desde que ambos coincidieron en el rodaje del western cómico Maverick (Richard Donner, 1994), pensó inmediatamente en este para dar vida al deprimido Walter, reservando para sí misma el papel de Meredith, su sufriente esposa.
El personaje del extravagante protagonista le ha venido al pelo a Gibson, todo un ejercicio de catarsis para la vapuleada imagen de la estrella, antaño un tenaz abanderado de los valores familiares y desde hace cinco años prácticamente en caída libre tras una serie de escándalos y desencuentros con la prensa. El actor echa mano de su innegable vis cómica aligerando convenientemente el trasfondo tenebroso de la historia, sin obviar por ello los aspectos más incómodos de un filme que podía haberse dejado llevar por el sentimentalismo fácil. Con su carisma habitual, el australiano sobrelleva con solvencia el difícil equilibrio que requiere un personaje complejo, desgarrado por una enfermedad que suscita en su entorno emociones contrapuestas –amor y rechazo, compasión y patetismo, comprensión y desafección–.

Concebido como una válvula de escape del personaje de Walter, pero también como una entidad cada vez más autónoma, la marioneta del castor adquiere un carácter diameatralmente opuesto al de este. Álter ego gamberro y desinhibido, se atreve a decir tanto lo que el protagonista piensa como lo que no se atreve a pensar. Mel Gibson dota con acierto al descarado títere de una voz grave modulada con un delicioso acento cockney –un rasgo que desgraciadamente se pierde en el doblaje–, marcando de esta forma las distancias con su portador humano; como afirma Foster, el castor “es algo brusco y posee un carácter masculino. Es todo lo que no es Walter. Walter era un niño rico que creció en los suburbios y posee una fragilidad de la que el castor carece”. Tanto es así, que el muñeco de trapo acabará tomando las riendas, amenazando con consumir la personalidad del hombre que se halla detrás.
Suerte de fábula con moraleja de los problemas de la vida moderna y de las disfunciones presentes en todas las familias, El castor es una pequeña stravaganza con envoltorio de drama cotidiano. El tratamiento realista no llega a reprimir del todo la magia que exhala ese peluche con aires de tótem, que nos retrotrae al menos por un momento a la delirante genialidad de El invisible Harvey (Harvey, Henry Koster, 1950). Por desgracia, los elementos más irreverentes de esta atípica propuesta quedan bastante diluídos por una dirección desvaída, más interesada en dotar a la historia de un tono amable y asertivo que en profundizar en sus aspectos más polémicos.
Lo mejor: la entregadísima interpretación de Mel Gibson. El mapa en la pared que sirve para tapar la angustia del hijo adolescente (Anton Yelchin), descargada en la forma de dolorosos coscorrones. La animadora de instituto que quiere ser como Banksy, interpretada por Jennifer Lawrence.
Lo peor: que a la película le faltan unos cuantos puntos de locura.
Nota: **1/2
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