Categoría: Críticas | No hay comentarios | 21 julio, 2011
“Necesito un poquitín del sol que vos no usás“. Bajo una demanda tan simple como desarmante, Víctor (Daniel Aráoz) se introduce sin quererlo en la modélica vida de su vecino Leonardo (Rafael Spregelburd) el buen día que decide abrir una ventana en la pared de su casa para tener más luz. Pero lo que para uno será una fuente de calor y luminosidad solar, para el otro será nada menos que “una ventana con vistas a mi casa, a mi living, a mi todo“, una desagradable abertura que desencadenará un infierno en la vida de ambos en la forma de agrio conflicto vecinal. Pues para Leonardo –y, sobre todo, para su pijotera esposa– la mera existencia de esa ventana no solo vulnera su intimidad, sino que además le obliga a asistir como testigo mudo a las miserias cotidianas de un hombre que, aunque vivía en la casa de al lado, le era hasta entonces totalmente desconocido. Ahí es nada.
Desde sus primeros fotogramas, El hombre de al lado (2009) se construye mediante un juego de opuestos en ausencia total del gris, donde el negro choca con el blanco del mismo modo que los personajes de David y Leonardo colisionan sin posibilidad alguna de entendimiento. Leonardo, un diseñador culto, políglota y de gustos exquisitos –en definitiva, un papanatas snob– no perdonará a su vecino, al que observa como un patán tosco y marrullero (un “troglodita”, en sus propias palabras), haber profanado la paz de su hogar permitiendo que se cuele la ruidosa vulgaridad de su mundo por un incómodo agujero. Los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat y el guionista Andrés Duprat escogen como única localización de esta cinta trufada de referencias artísticas la casa Curutchet de Le Corbusier, la burbuja en la que Leonardo se aísla de la realidad y que funciona (a su pesar) como privilegiado escenario de la lucha de clases.

Claro que el personaje de Víctor tampoco se trata de ningún angelito. Aráoz dota magistralmente de un cariz amenazador y siniestro a este tipo ordinario, racista, sexista y maleducado. Y es que, si algo parece caracterizar a esta incomodísima comedia negra es la pobre opinión que sus autores parecen tener de la condición humana.
Lo mejor: El duelo entre los dos actores principales, un verdadero choque de trenes. La despiadada crítica a la hipocresía de la clase alta y a los desvaríos “culturetas” de Leonardo y su entorno.
Lo peor: Que, como es lógico, resulta bastante deprimente.
Nota: ****