Categoría: Críticas | No hay comentarios | 12 mayo, 2011
Una vez arranca la acción, una sensación de déjà vu invade la pantalla. Y es que El inocente (The Lincoln Lawyer, 2011) recupera el regusto añejo de las películas de juicios tan típicas del cine USA, desde los thrillers judiciales sin mayores pretensiones de los ochenta y noventa a series televisivas más actuales como El abogado o Shark. La historia también nos suena: Mickey Haller, un talentoso abogado defensor que usa su Lincoln a modo de despacho móvil, emplea sus dotes de manipulación para sacar de la cárcel a criminales de poca monta (atención a esos motoristas que parecen escapados de Sons of Anarchy) empleando diversas artimañas. Pagado de sí mismo y plenamente satisfecho con sus trapicheos laborales, pese a que le han costado su matrimonio (su ex, una fiscal que trata de “encarcelar a todos los malos”, no comparte sus principios), se encontrará no obstante con un caso que hará tambalear los cimientos de su mundo y de su conciencia: defender a un rico heredero al que una chica, prostituta de profesión, acusa de intento de violación y asesinato.
Dirigida con pulso ágil y efectista por Brad Furman –se trata de su segundo largometraje tras The Take (2007), un thriller dramático protagonizado por John Leguizamo y Rosie Perez–, la película ha sido escrita por John Romano. Guionista habitual de series televisivas, entre las que destacan la mítica Canción triste de Hill Street y otras como La ley de Los Ángeles, Dulce justicia o Michael Hayes, Romano se ha encargado de adaptar la novela homónima de Michael Connelly, un conocidísimo autor policiaco que sin embargo ha sido escasamente tratado en el celuloide a excepción de la discreta Deuda de sangre (Blood Work, 2002), dirigida y protagonizada por Clint Eastwood.
Pero la baza más destacable de El inocente es su efectivo reparto, en el que destaca un Matthew McConaughey en estado de gracia dando vida al marrullero abogado. Le acompaña un nutrido grupo de brillantes secundarios que dan vida a personajes prototípicos: William H. Macy como investigador privado y amigo entrañable del protagonista, Marisa Tomei como su ex mujer, que no aprueba su trabajo aunque sigue queriéndole, John Leguizamo como un oportunista agente de fianzas de moralidad dudosa y Josh Lucas como fiscal y (por tanto) su rival en el juzgado. Ryan Phillippe encarna apropiadamente a un “niño rico” superprotegido por su madre (Frances Fisher) –opuesto en esencia al abogado, un “currito” que meritoriamente se ha hecho a sí mismo–, con la que compone una familia de la jet set que parece salida de un episodio de la famosa serie televisiva Power, Privilege & Justice (titulada en España Crímenes imperfectos: Ricos y famosos) que, conducida por el periodista y escritor Dominick Dunne (fallecido en 2009), abordaba casos relevantes de la crónica negra de la alta sociedad estadounidense.

Como corresponde a toda película de abogados que se precie, El inocente se alimenta de las contradicciones, las debilidades y las puertas traseras del sistema judicial, para el que desgraciadamente la aplicación de la ley no siempre equivale a lo que se considera justo. El resultado es un hábil pero manido compendio de los elementos comunes de este subgénero, como la concepción de la abogacía como un show en el que todo vale de cara a deslumbrar al jurado, la acostumbrada lucha de egos entre los representantes de la defensa y de la fiscalía (generalmente más preocupados por sus carreras que por el futuro de los verdaderos implicados en el juicio), en la que la habilidad de uno es equivalente a la torpeza del otro, los ácidos interrogatorios y los juegos de engaño entre los diversos personajes. La película sobrevuela por estas y otras cuestiones para dar cuenta de la eterna (a la vez que maniquea) lucha entre el bien y el mal, de la justicia (no necesariamente contemplada por el marco de la ley) contra la injusticia y del castigo frente al crimen. Todo ello, sin olvidar los consabidos giros y esperadas sorpresas de un thriller tan entretenido como intrascendente.
Lo mejor: la chispeante interpretación de Matthew McConaughey.
Lo peor: que no resulta nada original.
Nota: ***