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El último exorcismo: el tridente y la palabra / ***1/2

Categoría: Críticas | No hay comentarios | Escrito en por Lola Clemente Fernández

Primer trabajo de la compañía Arcade Films, El último exorcismo (The Last Exorcism, 2010) aborda el manido tema de las posesiones diabólicas desde una perspectiva más novedosa. Los productores, Eric Newman y Eli Roth, tenían interés en plantear la historia desde un punto de vista más cercano y verídico. Con el recurso del falso documental como apuesta creativa, la compañía buscó un equipo familiarizado con este formato: los guionistas Huck Botko y Andrew Gurland –habituales del mockumentary con trabajos como Mail Order Wife (2004) o los cortometrajes Broken Condom (2004) o Gramaglia (2000)– y el director alemán Daniel Stamm, que había llamado la atención gracias a su primer largo A Necessary Death (2008).

Sin embargo, no son tanto sus aspectos formales como su forma de componer la historia lo que resulta interesante en esta película, presentada (a la par que protagonizada) por un personaje charlatán y estafador, el predicador Cotton Marcus (Patrick Fabian). La cinta da cuenta de la trayectoria de este reverendo con alma de feriante, que pretende –perdida la fe y algo hastiado de la fe ciega de su rebaño–desvelar (casi prodríamos decir “confesar”) sus trucos de prestidigitador en un documental que constituye la base de El último exorcismo. Para ello, escoge un caso de posesión al azar, entre los montones de cartas que le llegan a diario solicitando su ayuda. El reverendo y su equipo técnico se internan en el profundo Sur a la caza del reportaje sensacionalista, con la intención de representar ante las cámaras una pantomima de exorcismo. Los (des)afortunados conejillos de Indias serán los Sweetzer, una familia de una pequeña localidad de Louisiana compuesta por un granjero viudo (Louis Herthum) y sus hijos Caleb (Caleb Landry Jones) y Nell (Ashley Bell), esta última una sumisa adolescente teóricamente dominada por un poder diabólico y sobre la que pende la más horripilante sombra del maltrato y abuso infantil.

En El último exorcismo los aires de mockumentary no sirven tanto para engañar al espectador –en ningún momento la película se ha vendido como “un caso real”– como para hacerle participar íntimamente del show festivo-religioso que abandera el predicador protagonista. El recurso de falso documental, nunca llevado a rajatabla (como demuestra el uso del montaje o la inclusión de una leve banda sonora para dar ambiente), acerca el producto final a documentales como Marjoe (Sarah Kernochan y Howard Smith, 1972) o Campamento Jesús (Jesus Camp, Heidi Ewing y Rachel Grady, 2006) y a películas como El fuego y la palabra (Elmer Gantry, Richard Brooks, 1960), que ponen al descubierto los entresijos de un negocio en el que lo que importa es (en palabras del personaje de Cotton Marcus) “captar a la gente y rascarles el bolsillo”.

La película de Daniel Stamm se sitúa en las antípodas de producciones como El exorcismo de Emily Rose (The Exorcism of Emily Rose, Scott Derrickson, 2005), El rito (The Rite, Mikael Håfström, 2011) o la madre de todas ellas, El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973), acercándose en todo caso a la alemana Réquiem (Requiem, Hans-Christian Schmid, 2006), que aborda con tono documentalista el caso de una joven epiléptica (Sandra Hüller) considerada endemoniada y fallecida en el transcurso de un exorcismo. La película germana, inspirada al igual que El exorcismo de Emily Rose en el caso real de Anneliese Michel aunque con un tono muy distinto, se aleja de las convenciones y efectismos propios del cine de terror para sumergirse de lleno en el drama, denunciando las aterradoras consecuencias que resultan de combinar la ignorancia con el fanatismo religioso. Poseída por un espíritu similar, aunque mucho más gamberra e irreverente, El último exorcismo destila chorros de mala baba al hacer que el marrullero reverendo protagonista tenga a la susodicha El exorcista entre sus películas de cabecera, en tanto se apropia de su parafernalia de cara a componer sus llamativas performances.

Tanto en la forma como en el fondo, el filme exhibe su filiación al American Gothic haciendo uso de elementos, personajes y lugares comunes así como evidenciando la proximidad a cintas como La lluvia del diablo (The Devil’s Rain, Robert Fuest, 1975) o Bendición mortal (Deadly Blessing, Wes Craven, 1981), ambas protagonizadas por un veterano Ernest Borgnine. El último exorcismo se sumerge en el horror de esa terra incognita que supone para el urbanita la América profunda: un paisaje desmañado y abiertamente hostil, ocupado por familias aisladas y degeneradas, dominado por el puritanismo, supeditado a una ideología patriarcal de corte medievalizante que rezuma superstición, ignorancia y creencias retrógradas a partes iguales. La película exprime el atractivo de su escenario, descrito como “un caldo de cultivo perfecto para los demonios y el mal”: una región de plantaciones centenarias sacudida por la pobreza y el analfabetismo, con tradiciones que oscilan desde el vudú y el pentecostalismo hasta el fenómeno OVNI y donde los caimanes campan a sus anchas resultando sin embargo bastante más inofensivos que los furiosos rednecks con los que comparten hábitat.

Lo mejor: su tono irreverente y su negrísimo sentido del humor.

Lo peor: que hubiera sido mucho más arriesgada de haber prescindido de su segmento final.

Nota: ***1/2

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