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Hanna: temible niña feral / ****

Categoría: Críticas | No hay comentarios | Escrito en por Lola Clemente Fernández

Tras unos comienzos ligados al cine de época –la adaptación del clásico de Jane Austen en Orgullo y prejuicio (Pride & Prejudice, 2005)–, el británico Joe Wright mira en Hanna (2011) al thriller de acción de regusto independiente. La historia que nos cuenta, escrita por Seth Lochhead, es lo de menos. Inserta en los desvaríos propios del cine de espías de variante conspiranoica, narra la lucha de un padre (Eric Bana) y de su hija (Saoirse Ronan) contra los maquiavélicos planes pergeñados por los servicios secretos. Por supuesto que ni el padre es un santo, ni su retoño es un blanco indefenso, pese a sus rizos rubios y su aspecto angelical; más al contrario, la dulce Hanna se comporta como un insólito y despiadado soldado al más puro estilo Jason Bourne movida por un único objetivo: liquidar a una tal Marissa Wiegler (Cate Blanchett), la mujer culpable de sus desdichas pero de la que solo sabe su nombre. Una historia seca, tensa y violenta cuyo principal interés radica en la visión distorsionada del ya de por sí perturbador universo de los cuentos infantiles a ritmo de videoclip alocado.

Desde su comienzo en los gélidos parajes finlandeses, Hanna nos introduce en un entorno de cuento de hadas siniestro, mostrándonos a una niña tan especial como el aprendizaje al que su padre la ha sometido: huérfana de madre, criada en un total aislamiento en una casita ubicada en lo profundo de un bosque, educada únicamente con una enciclopedia y un libro de los hermanos Grimm y entrenada para convertirse en una letal asesina. Un prólogo que remite al bestial lirismo de Cuerno de cabra (Kozijat rog, Metodi Andonov, 1972), una película búlgara en la que un aldeano, cuya mujer ha sido violada y asesinada, lleva a su hija pequeña a las montañas y la adiestra brutalmente para convertirla en el ciego instrumento de su venganza. Claro que Hanna abandonará pronto la soledad del bosque, alejándose de la presencia castradora de su padre y debiendo encontrar el camino por sí misma, aunque este haya de seguir los raíles parentales fijados de antemano.

La historia de esta niña homicida que, no obstante, ansía la normalidad también exhibe un parecido más que evidente con la madre de todas las asesinas, esa increíble máquina de matar llamada Nikita creada por Luc Besson allá por 1990. Pero también con otras muestras de la filmografía del cineasta galo, como su genial ópera prima El profesional (Léon, 1994) o la más reciente Danny the Dog (2005), en donde Besson (autor del guion) cedió la dirección a su colega Louis Leterrier. Varias son las cuestiones que Hanna comparte con esta última cinta, empezando por la condición de perro de presa de Danny (encarnado por Jet Li), si bien en el caso de Hanna es más metafórica. Por no hablar de la inexistente socialización de los protagonistas y sus deseos de conectar y dejar de hacer daño a los demás.

Peculiar híbrido entre cuento infantil para adultos, acelerada road-movie de autoconocimiento y thriller de acción frenética, Hanna se sustenta, más que en las buenas interpretaciones de los actores (que las hay), en el carisma de los mismos a la hora de encarnar a personajes de corte arquetípico. Un casting más que acertado en el que brillan la adolescente Saoirse –que ya trabajó con el director en Expiación. Más allá de la pasión (Atonement, 2007)– como una suerte de Caperucita feral y estremecedoramente albina, Bana en su doble faceta (aunque igual de inhumana) de padre/espía y Tom Hollander como un coco refinadamente sádico a las órdenes de la siempre estupenda Cate Blanchett, la bruja mala de la función. Un jugoso pastiche salpicado de referencias pop, que aúna los lugares comunes de los cuentos –la choza del bosque, la casa de la abuelita– con los delirios kitsch –el recorrido por diversos países, un refrito de guías pilot, la atracción abandonada de los hermanos Grimm– al servicio de la angustia de una niña que se siente como la perrita Laika, lanzada en un cohete sin posibilidad de retorno. Todo ello aglutinado gracias a una potentísima e hipnótica banda sonora, a cargo de The Chemical Brothers.

Lo mejor: La banda sonora de The Chemical Brothers, sencillamente brutal.

Lo peor: El paso de Hanna por España, repleto de los consabidos (aunque no por ello menos sangrantes) clichés.

Nota: ****

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