Categoría: Críticas | No hay comentarios | 8 junio, 2011
Nueva incursión en el terror del binomio compuesto por el director James Wan y el guionista Leigh Whannell, Insidious (2010) enfoca con cierta frescura el manido tema de las casas encantadas. Y es que, como reza el cartel promocional –destripando en parte la sorpresa del argumento– en este filme no es la casa la que está encantada, aunque así lo parezca. Una premisa argumental que retrotrae, en primerísima instancia, a Paranormal Activity (Oren Peli, 2007), sorprendente blockbuster de pobre presupuesto con el que también comparte productores. Aunque dicho sea de paso, Insidious es (afortunadamente) muchísimo más elaborada, divertida y resultona que la cinta de Peli.
En esta ocasión los artífices de ese gran éxito que fue Saw (2004) han dejado atrás los delirios cárnicos del torture porn, inclinándose por un tratamiento más clásico basado en el suspense, para el que aseguran haberse estudiado obras de culto como El carnaval de las almas (Carnival of Souls, Herk Harvey, 1962) o Suspense (The Innocents, Jack Clayton, 1961). También son más que evidentes las huellas de películas paradigmáticas como El resplandor (The Shinning, Stanley Kubrick, 1980) y Poltergeist (Tobe Hooper, 1982).

Como afirma su director, Insidious “empieza como una típica historia de fantasmas y de casas encantadas, pero luego evoluciona hasta convertirse en algo completamente distinto”. Para ello se ciñe, especialmente durante su primer tercio, a las convenciones habituales del género: una familia aparentemente feliz se muda a una casa ideal. Sin embargo, al poco tiempo, la esposa Renai (Rose Byrne) –ya se sabe que las mujeres son más sensibles para estas cosas– comienza a tener sensaciones desagradables que parecen estar asociadas a la nueva vivienda. Al poco, uno de sus tres hijos, Dalton (Ty Simpkins), entra repentinamente en un coma profundo sin que los médicos sean capaces de explicar las causas de su dolencia. Una situación increíblemente difícil que llegará al paroxismo cuando Renai empiece a experimentar terribles alucinaciones visuales y auditivas, lo que la llevará a la conclusión (equivocada, como sabemos de antemano) de que su dulce hogar está maldito. Aunque deberá combatir el escepticismo de su marido (Patrick Wilson), la desdichada protagonista contará con la complicidad de la suegra (Barbara Hershey), una mujer acostumbrada a las lides fantasmales –un guiño a la película El ente (The Entity, Sidney J. Furie, 1982), donde la veterana actriz sufría las lujuriosas acometidas de un ser invisible, traducidas en la forma de brutales violaciones–.

Wan y Whannell juegan muy bien unas cartas no demasiado originales, pero sí barajadas con mucha gracia, algo que no consiguieron en la fallida Silencio desde el mal (Dead Silence, 2007), con la que Insidious comparte el gusto por los muñecos y marionetas y no pocos parentescos formales –entre ellos, la paleta fría de azules y verdes, compensada con toques puntuales de un cachondo rojo infernal–. El dúo echa mano con total desparpajo de toda la parafernalia inherente al subgénero de casas encantadas, sin olvidar la música desasosegante y los efectos sonoros, unas veces inquietantes (los crujidos de la madera, el tictac del reloj, el goteo insistente de un grifo, las constantes interferencias del vigilabebés), otras angustiosos (los constantes lloros del benjamín de la familia) y otras abiertamente desagradables (la ensordecedora alarma). Aunque lo mejor de este filme es el modo como se lleva a cabo la inmisericorde fagotización de los tópicos del cine de terror: una extraña mezcla entre sorna e ingenuidad.
Lo mejor: Ese gótico publicitario rebosante de efectismos gamberros.
Lo peor: Que no da tanto miedo como dicen.
Nota: ***1/2