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Intruders: a vueltas con el hombre del saco / ***

Categoría: Críticas | No hay comentarios | Escrito en por Lola Clemente Fernández

Tras debutar en el largometraje con Intacto (2001), un atípico thriller de producción española protagonizado por Eusebio Poncela, Leonardo Sbaraglia y Max von Sydow que obtuvo (entre otros premios) el Goya al mejor director novel, el canario Juan Carlos Fresnadillo dio el salto a la escena internacional con una de zombis. De factura impecable, ritmo trepidante y con un potente reparto encabezado por el escocés Robert Carlyle, 28 semanas después (28 Weeks Later, 2007) consiguió superar su rol de inevitable secuela de un filme de éxito –la influyente 28 días después (28 Days Later, 2000) de Danny Boyle– ocupando un puesto de pleno derecho dentro de la cinematografía dedicada a los (ahora) denominados “infectados”.

En su tercera película Intruders (2011) –que, al igual que 28 semanas después, es una coproducción entre España y Reino Unido–, Fresnadillo cuenta con otro actor de carácter: Clive Owen. En esta ocasión el británico comparte protagonismo con la española Pilar López de Ayala; sus respectivos personajes –él, un entregado padre de familia y ella, una combativa madre soltera– vivirán situaciones límite desde el momento en que sus tiernos retoños comiencen a sufrir ataques de terror nocturno. A pesar de la enorme distancia que les separa (de Londres a Madrid), la insidiosa amenaza que se cierne sobre el pequeño Juan (Izán Corchero) y sobre la adolescente Mia (Ella Purnell) parece ser la misma: un ser sin cara que se oculta en las sombras, se introduce en sus sueños y convierte sus vidas en un infierno. Convencido de que “sin una cara, nadie le amaría nunca” –y es que todos los monstruos, por muy temibles que sean, también tienen su corazoncito–, este misterioso “hombre del saco” apodado apropiadamente Carahueca intentará robar el rostro a los chavales para cubrir su propio vacío y apoderarse de su felicidad.

Los monstruos son cobardes. Si les haces frente, huyen”, dirá en un momento de la película el personaje de Owen, aunque las cosas no serán tan fáciles. Y es que para hacer frente a los monstruos que nos acechan primero hay que desentrañar los secretos de su existencia, una tarea que los guionistas Nicolás Casariego y Jaime Marqués no nos pondrán nada fácil saltando entre dos escenarios espacio-temporales, dos familias y dos tradiciones culturales. Situándose tras la estela de la obra de M. Night Shyamalan, Intruders juega a confundir al espectador con diversas añagazas, poniendo toda la carne en el asador en una sorpresa final que permitirá unir todas las piezas que hasta entonces estaban sueltas pero a cambio de restar contenido al conjunto. Lógicamente, pues si la película dotara a sus personajes de una mayor profundidad nos proporcionaría las pistas necesarias para adivinar por dónde van los tiros de esta propuesta arriesgada pero que, una vez desenmascarada, sorprende por su simplicidad.

No puede reprochársele a Fresnadillo la falta de oficio ni la (re)creación de una atmósfera sugestiva y atrayente, si bien tantas idas y venidas de Carahueca lastran el ritmo del conjunto, volviendo la acción algo repetitiva especialmente en su tramo intermedio. Intruders seduce al espectador con destellos de brillantez y con un buen puñado de ideas interesantes –cómo las mentiras generan monstruos, cómo los miedos pueden ser “heredados” de unas generaciones a otras– para tratar de dar otra vuelta de tuerca a la figura del Coco, del “hombre del saco” o del boogeyman, en definitiva, a todos esos seres fantásticos que corporeizan los traumas infantiles pero que también pueden servir para paliar, en un momento dado, los dolorosos efectos de las carencias afectivas. Entremezclando la imaginación desbordada de los niños con la sucia realidad, las fantasías con las alucinaciones y la fe con la torpe credulidad –no faltan los guiños malévolos dedicados a la religión en el inexperto sacerdote encarnado por Daniel Brühl, que busca el consuelo en “un amigo al que no se puede ver”–, Fresnadillo nos propone un intrigante juego del que presumiblemente partimos con desventaja. Una pena que cuando el puzzle esté recompuesto, se tenga la incómoda sensación de que todo este esfuerzo ha sido un tanto baldío, de que se ha invertido más tiempo en mantener el engaño que en profundizar en una historia que podría haber dado mucho más de sí.

 

Lo mejor: El envoltorio de cuento de hadas siniestro.

Lo peor: que todo el conjunto esté condicionado por la sorpresa final. Su afán por querer dejarlo todo atado y bien atado.

Nota: ***

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