Categoría: Críticas | No hay comentarios | 9 abril, 2011
Duras y sangrientas batallas, aventuras en un paisaje tan hermoso como hostil, honor, orgullo guerrero, amor filial y amistad son algunos de los ingredientes de La Legión del Águila (The Eagle, 2011), dirigida por Kevin Macdonald y escrita por Jeremy Brock, responsables de El último rey de Escocia (The Last King of Scotland, 2006), el impactante biopic del sanguinario dictador Idi Amin. La película lleva por primera vez a la gran pantalla la novela histórica de Rosemary Sutcliff El águila de la Novena Legión (publicada en 1954), si bien esta ya había sido dramatizada en una emisora de radio británica y adaptada en una miniserie televisiva producida por la BBC en 1977.
Se trata de un proyecto largo y trabajoso que ha tardado años en materializarse; si bien su productor Duncan Kenworthy se interesó en una fecha muy temprana –la compra de los derechos de la novela data de 1998–, el guión no empezó a cobrar forma hasta 2005 y la fase de preproducción no arrancó hasta tres años después. Finalmente, la película ha visto la luz un año más tarde que Centurión (Centurion, Neil Marshall, 2010), una producción igualmente británica inspirada en la misma incógnita histórica, la misteriosa desaparición de la la Novena Legión en las brumosas tierras de Britania, en clave de survival horror. Ambas cintas tienen en común la búsqueda de un estilo realista, casi “sucio”, diametralmente opuesto a los excesos formales y a los desvaríos históricos propios del peplum, un género que tuvo su momento de gloria en los años sesenta y que fue revivido recientemente en La última legión (The Last Legion, Doug Lefler, 2007), un penoso y descabellado pastiche que reunía a Colin Firth con la guapísima estrella de Bollywood Aishwarya Rai.

Indudablemente menos sangriento que Centurión de Neil Marshall, aunque no por ello menos violento, el filme de Kevin Macdonald aborda un tema similar –el choque entre “civilización” y “salvajismo”– desde una visión más cercana al western épico. Con un arranque que recuerda al inicio de Una trompeta lejana (A Distant Trumpet, 1964), el broche final de la filmografía de Raoul Walsh, La Legión del Águila tiene como protagonista a un joven y disciplinado oficial (un insípido Channing Tatum) empeñado en revitalizar un apagado fortín en medio de la nada, el único bastión de la civilización en un territorio dominado por los salvajes. Pronto sabremos que el padre del protagonista se encontraba al frente de la Novena Legión, que se había esfumado sin dejar rastro dos décadas antes (en el 120 d.C.), una deshonra que el muchacho tratará de compensar sirviendo a Roma con gran valor y capacidad de sacrificio. Por desgracia, es herido en combate y licenciado con honores, por lo que decide recuperar el honor de su familia al margen del ejército, embarcándose en una búsqueda desesperada del estandarte perdido de la Legión (un águila dorada) en compañía de un esclavo nativo (Jamie Bell), perteneciente a la tribu celta de los brigantes.
Así como el western, en su variante más epopéyica y nacionalista, dirigió su mirada en muchas ocasiones al Imperio romano como símbolo del triunfo de la civilización sobre la barbarie, La Legión del Águila bebe de la mitología de este género tan universal como genuinamente americano. El Muro de Adriano cobra el mismo significado que la “frontera”, un límite físico a la vez que espiritual entre el mundo desarrollado y el primitivismo salvaje. Del mismo modo, el tratamiento de las tribus de Britania resulta bastante próximo al de los aborígenes norteamericanos; como sus homólogos al otro lado del charco, los indómitos guerreros del pueblo Foca retratados en el filme poseen un vínculo especial con la Naturaleza, que adquiere la forma de un entorno tremendamente hostil (y una fuente de superación en sí misma) de cara al intruso civilizador. Los paralelismos establecidos entre los romanos y los héroes del Oeste parecen verse remarcados por la decisión de sus artífices de escoger a actores estadounidenses para interpretar a los conquistadores y a británicos para encarnar a los nativos, contraviniendo (en palabras de su director) una “regla no escrita” según la cual “los ingleses hacen de romanos y los estadounidenses son los esclavos o los que luchan por la libertad” y que ahora carece de sentido, pues “Estados Unidos es el imperio”.

En medio de tanto canto al honor, a la camaradería masculina y al heroísmo guerrero, La Legión del Águila también pretende reflejar la óptica de los vencidos situándose tras la estela de obras como Manto negro (Black Robe, Bruce Beresford, 1991) o El último mohicano (The Last of the Mohicans, Michael Mann, 1992). Es en este acercamiento donde más naufraga el filme, como resultado de pivotar sobre la endeble y previsible relación entre los personajes interpretados por Channing Tatum y Jamie Bell, estereotipados representantes de dos mundos opuestos (conquistadores/colonizados, amos/esclavos, intrusos/autóctonos) que deberán trabajar juntos pese a sus diferencias. La Legión del Águila exhibe un resultado acartonado y demasiado simplista, aunque también cumple con dignidad con su principal cometido (entretener), magnificando el conjunto en virtud de la agreste belleza de los paisajes de las Highlands escocesas.
Lo mejor: la claustrofóbica escena del ataque con la formación en testudo. La (siempre intensa) presencia de Donald Sutherland y Denis O´Hare como secundarios.
Lo peor: las redundantes y mal resueltas escenas de los flashbacks.
Nota: **1/2