Categoría: Críticas | No hay comentarios | 28 diciembre, 2009

La película de Phil Lord y Christopher Miller es una grata sorpresa de animación este año. Si bien a primera vista puede resultar modesta, es todo un ejercicio de precisión y concisión. Sin duda, dos valores que el género de la animación muchas veces descuida.
Además de la calidad de la animación, tan buena como alejada del realismo, Lluvia de albóndigas tiene un guión sorprendentemente sólido para una película que ha sido vendida como un diluvio alimenticio, sin más.Muy metafóricamente, nos la vendieron como una de comida rápida y la película se defiende sola, argumentando que hay algo más que la comida rápida en la vida, pero sobre todo en el cine.
El aluvión de hamburguesas es la excusa para tratar temas que funcionan a niveles más altos y que a los más pequeños, en principio, les quedan muy alejados: la falta de autoestima, la incomprensión de la familia hacia el que persigue su sueño, los juguetes rotos por la fama temprana y la gula (alimenticia o vital). Los arcos de transformación de cada personaje son muy congruentes, hasta en los secundarios no hay aderezos. La película es corta, pero no se deja nada en el tintero ni se va tampoco por las ramas. Funciona perfectamente el humor recurrente en los diálogos con un toque de surrealismo en muchos casos, sin caer en el chiste fácil o escatológico que tanto hace reír a los más pequeños y aturulla a sus padres.
Sin ir más lejos, las bromas con argentinos (que parecen ponerse de moda en el cine de animación actual) aquí funcionan a las mil maravillas, mientras que las de Planet 51 podrían catalogarlas de excesivamente crueles y demasiado toscas gratuitamente. Más bien, en Lluvia de albóndigas es la Gran Bretaña la que se lleva la peor parte, pero de manera tan sutil y surrealista que no hay opción a enfado posible.
A primera vista nadie pudiera pensar que dos películas tan distintas como 2012 y Lluvia de Albóndigas pudieran hacerse la competencia tan directa en la taquilla. Sin embargo, son en muchos niveles la misma película. Me refiero a los niveles básicos, ya que la trama y el tema son muy distintos, pero ambas comparten más menos género: películas de catástrofes a escala mundial.
Siendo al final, lo único que las diferencia, que la de niños utiliza los mismos recursos para reírse con ganas de la de los mayores. Y además con un sándwich incrustado en la Torre Eiffel, que, no nos engañemos, resulta visualmente mucho más interesante que volver a verla rota otra vez más a la pobre. Es una pena que donde Emmerich termina, empiecen algunas películas infantiles. Quizá es una alegría, según se mire.La tensión, el pulso de la película se mantiene constantemente como cualquier cinta de aventuras, cuando el mundo empieza a hacerse pedazos por un torbellino de espaguetis.
Por desgracia, siendo España una potente industria del doblaje, nos dejamos llevar por poner a algún famosillo en las voces algunas veces, siempre en detrimento del actor original y del de doblaje en su defecto. Y si bien en Monstruos SA, Santiago Segura desapareció para convertirse en el azul y peludo Sully, aquí Flipy es Flipy. De principio a fin. Es dolorosamente Flipy; aunque podría ser un actor de doblaje profesional, han elegido a Flipy. Debe ser porque lleva bata blanca como el personaje. No tengo nada en contra de Enrique Pérez (Flipy), pero me resulta equivalente a lo de colocar al doblador de House en los anuncios para medicamentos, con la diferencia de que ése sí sabe hacerlo. Por ello os animo a verla en versión original, para disfrutar de la actuación de Bill Hader, Ana Faris, Neil Patrick Harris, Lauren Graham o el mismísimo Mr T.
El cine de animación poco a poco y cada vez más, ha comprendido que es mejor que la película funcione a varios niveles, de mayor a menor. Pero sobre todo es el más profundo el que ha de funcionar. Vamos, que es mejor gustarle al padre que al niño. Porque aunque los niños sean bastante exigentes, a la hora de la verdad, el padre va a disfrutar de una película distinta y va a llevar de buena gana a su prole de nuevo en cuanto haya ocasión.
Esto que tan claro tiene Pixar y ensaya haciendo verdaderas reflexiones vitales, casi de autor, está creando escuela. Es bueno saber que existe una bastante digna competencia. Que los padres no son tontos y los niños, mucho menos.
Lo mejor: la animación y la claridad de ideas de directores y guionistas, además de las burlas al cine de catástrofes.
Lo peor: el doblaje,solamente por el del protagonista.
Nota: ***