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Noche de miedo (Fright Night): un vampiro como Satán manda / ***1/2

Categoría: Críticas | 2 Comentarios | Escrito en por Lola Clemente Fernández

En la comedia terrorífica Noche de miedo (Fright Night, 1985) un chaval, su novia, su amigo raruno y una estrella del cine en decadencia llamada no casualmente Peter Vincent (conjunción de los nombres de dos grandes entre los grandes, Peter Cushing y Vincent Price) se enfrentaban al vecino del primero, que resultaba ser nada más y nada menos que un terrible vampiro sediento de sangre. Escrita y dirigida por Tom Holland –que tres años después presentó otro clásico del terror ochentero, Muñeco diabólico (Child’s Play)–, esta cinta de consumo juvenil se convirtió en una exitosa obrita de culto que trivializaba la figura del vampiro echando mano del humor, pero conservando intacta su condición de temible depredador, una fórmula similar a la empleada unos pocos años antes por John Landis en Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981). Su buena respuesta en taquilla tuvo como lógica consecuencia la realización de una secuela, Noche de miedo II (Fright Night Part II, Tommy Lee Wallace, 1988), que trató de reproducir con muy poca gracia la combinación ganadora del original.

Ahora, como a tantos otros títulos sacudidos por la fiebre del remake, a Noche de miedo le ha tocado su correspondiente actualización en 3D cortesía de DreamWorks. Bajo la dirección de Craig Gillespie, Noche de miedo (Fright Night) reinterpreta el filme de Holland adaptándolo a los nuevos tiempos con una factura técnica impecable, fotografía de Javier Aguirresarobe incluida. Y es que, ambientada en la época actual en Las Vegas –la ciudad ideal para aquellos que deben vivir de noche–, Noche de miedo no solo prescinde de los tirantes y de la música disco de los ochenta. El guion, elaborado por Marti Noxon –para cuya elección pesó su experiencia como guionista y productora de la serie Buffy, la cazavampiros, protagonizada por Sarah Michelle Gellar–, deja a un lado la principal referencia del original –esto es, La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) de Alfred Hitchcock– concediendo una mayor importancia al personaje del (ex)amigo nerd del protagonista (interpretado por Christopher Mintz-Plasse), que será el que advierta a este del peligro que supone su nuevo y misterioso vecino. Mientras que en Noche de miedo de 1985 el temor adolescente a sentirse ignorado y ninguneado constituía el eje de la trama –cuando el protagonista (William Ragsdale) afirma haber sido testigo de las peculiares inclinaciones de su vecino (Chris Sarandon), todo el mundo le toma (lógicamente) por loco– la película de 2011 se centra en otro tipo de angustia: la derivada de saberse uno mismo un impostor. Pues en este caso el adolescente en cuestión, encarnado por Anton Yelchin –al que hemos visto hace poco como hijo de Mel Gibson en El castor (The Beaver, Jodie Foster, 2011)–, trata de hacerse pasar por un chaval superficial y sin seso para no espantar a su novia, la chica más popular del instituto (Imogen Poots). Un mensaje de aceptación personal que enlaza con la reformulación del personaje de Peter Vincent, allí una vieja gloria del cine de terror de serie B que trata de subsistir a duras penas y aquí un excéntrico y peliculero mago (David Tennant) que ha hecho del (auto)engaño su forma de vida.

En estos tiempos de vampiros romanticones que esconden los colmillos, Noche de miedo supone una clara apuesta por la vertiente más macarra de los chupasangres, marcando la distancia con las últimas derivaciones del mito vampírico que hacen furor entre los/las adolescentes. Divertida, violenta y sangrienta –esos chorretones de sangre que brotan alegremente para salpicar al espectador gracias a las tres dimensiones–, la película recupera para el público más joven un espíritu gamberro en las antípodas de Crepúsculo, chascarrillos incluidos. Noche de miedo combina con gracia los trazos de humor más grueso –dispensados por los personajes de Peter Vincent y su vulgar y descacharrante novia, encarnada por la colombiana Sandra Vergara– con una oscuridad mayor que en el original. Ahí es donde entra el personaje de Colin Farrell, un vampiro con modos de asesino en serie que viene a fracturar la apacible monotonía del barrio residencial en el que se desarrolla la acción, un lobo solitario que mordisquea con aire viciosillo las manzanas del pecado original mientras que pugna por mantenerse fiel a su esencia en un paisaje burgués clónico y prefabricado.

Lo mejor: Que, aunque se trata de un remake, es capaz de aportar un toque personal. Sus ganas de cachondeo.

Lo peor: Que la historia se apresura demasiado en su segmento final.

Nota: ***1/2

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