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Piratas del Caribe 4. En mareas misteriosas: la aventura continúa, aunque aligerando equipaje / ***

Categoría: Críticas | No hay comentarios | Escrito en por Lola Clemente Fernández

Tanto Disney como el exitoso productor Jerry Bruckheimer han decidido poner a empollar a una de sus gallinas de los huevos de oro, convirtiendo la taquillera trilogía Piratas del Caribe en una tetralogía –y este es solo el principio–. Con el director de las tres anteriores películas, Gore Verbinski, comprometido con otro proyecto –la película de animación Rango (2011)–, la dirección de esta ambiciosa cuarta entrega ha sido encomendada a Rob Marshall, con títulos en su haber como Chicago (2002), Memorias de una geisha (Memoirs of a Geisha, 2005) o Nine (2009). Para garantizar la continuidad, la elaboración de la historia ha corrido a cargo de los guionistas habituales, Ted Elliott y Terry Rossio, que en este caso se han inspirado en la novela En costas extrañas (On Stranger Tides) de Tim Powers, publicada en 1987. A caballo entre las aventuras y la fantasía, esta novela se cuenta asimismo entre las influencias de la serie de videojuegos Monkey Island, junto con la atracción “Piratas del Caribe” del parque Disneyland (igualmente originadora de la saga fílmica), inaugurada en 1967 y en la que actualmente se han integrado personajes y elementos de la exitosa franquicia.

Como no podía ser menos, Johnny Depp vuelve a enfundarse en el siempre excéntrico Jack Sparrow. Finiquitada la historia de amor entre los personajes de Orlando Bloom y Keira Knightley, En mareas misteriosas (On Stranger Tides) se lanza tras una nueva hazaña ya esbozada al final de la tercera entrega En el fin del mundo (At World’s End): seguir los pasos del conquistador Juan Ponce de León en su búsqueda de la mítica Fuente de la Eterna Juventud. Claro que el controvertido capitán no será el único interesado en hallar este lugar legendario, que inflama por igual el deseo de británicos, españoles y piratas apátridas. Participarán en la búsqueda personajes sobradamente conocidos como su amigo Gibbs (Kevin McNally) o su colega y eterno rival Barbossa (Geoffrey Rush, genial como siempre), a la sazón reciclado en corsario al servicio de Su Majestad –una profesión menos honesta pero más legal– y otros nuevos como el infame pirata Barbanegra (más que apropiado Ian McShane) y la astuta Angélica (Penélope Cruz), una amante despechada de Sparrow que pretende vengarse del abandono del que fue víctima años atrás.

No es la primera vez que la saga introduce a los españoles en la ecuación; ya La maldición de la Perla Negra (The Curse of the Black Pearl) apoyaba la trama en el descubrimiento del oro azteca ambicionado por Hernán Cortés que, acorde con el tono fantaterrorífico del filme, estaba protegido por una potente e insólita maldición. Del mismo modo, el argumento de En mareas misteriosas echa sus raíces en el poso mítico que rodea a la figura de Ponce de León, si bien también (como novedad) se suman navegantes ibéricos a la aventura. Tal es el caso de los servidores de la Corona comandados por el actor español Óscar Jaenada, ultracatólicos e inquisitoriales, un retrato poco amable que evidencia residuos de la Leyenda Negra pero que no chirría en el producto final. Y es que la visión bufonesca de las monarquías ha sido una constante (los británicos nunca han salido bien parados), como corresponde a una saga cimentada en la semblanza romántica del pirata literario, estereotipada en Hollywood desde los tiempos de Douglas Fairbanks y generadora de emociones contrapuestas según se incline del lado de la libertad o del libertinaje.

Íntegramente rodada en 3D (síntoma de espectacularidad al tiempo que fórmula algo cansina) En mareas misteriosas aporta más de lo mismo, si bien la trama es bastante más simplona que la de las películas anteriores y los nuevos personajes no tienen el mismo encanto. La película suple la obligada falta de frescura con grandes dosis de acción, buscando satisfacer a los seguidores de la saga ofreciendo más paisajes increíbles, los imprescindibles toques de comedia y personajes icónicos como zombis (los animados por el vudú, no los devoradores de cerebros ideados por George A. Romero) y embaucadoras sirenas. Estos “espectros malignos, peces diabólicos que ansían el alma de los hombres” con la apariencia de mujeres bellísimas de cintura para arriba (entre las que destacan Gemma Ward y Astrid Berges-Frisbey) dispensarán algunos de los momentos más inquietantes del filme, pero también los más románticos.

Por encima de todo brilla la estampa del Jack Sparrow de Johnny Depp, un espíritu libre que no se debe a nada ni nadie (dicho en pocas palabras, sin dios, patria ni ley) entre la locura y la genialidad, vistoso como una estrella de rock y tan atractivo como manipulador. El protagonista despliega la química acostumbrada con su oponente Barbossa, seducido por las comodidades que le ofrece su patente de corso. Sin embargo,  la relación mantenida con la peligrosa pirata Angélica, la contrapartida femenina ideada por los guionistas para el siempre solitario capitán, carece de la chispa necesaria. Claro que a Penélope Cruz le ha tocado un personaje sexy pero mal diseñado, una española con fuego en las venas cuya presencia se enfatiza en la banda sonora de Hans Zimmer a base de rasgueos de guitarras ídem –cortesía del dúo mexicano Rodrigo y Gabriela–. La actriz encarna a un puro cliché repleto de contradicciones: una latina impulsiva a la par que calculadora, ardiente pero mojigata (una fervorosa católica con un pasado de novicia que convive a duras penas con la desinhibición propia de los piratas).

Lo mejor: Johnny Depp, indiscutible prima donna de la función. Los cameos de Judi Dench y Keith Richards.

Lo peor: el 3D, cuyas teóricas bondades no compensan portar las incómodas gafas durante más de dos horas.

Nota: ***

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