Categoría: Críticas | No hay comentarios | 13 mayo, 2010
Dice una vieja máxima periodística, que se usa normalmente de modo sarcástico, “no dejes que la realidad te estropee un buen titular”. El sarcasmo viene, lógicamente, de la honestidad que se presupone a un periodista, que debe anteponer la verdad a lo emocionante de su historia.
Pero pasa el ecuador de la cinta, y uno empieza a mirar el reloj, y a pensar “¿cuándo va a llegar lo bueno?”. Por “lo bueno” se entiende la formación de la banda de proscritos, el robar a los ricos para dárselo a los pobres, etc. Y ahí llega el gran problema de la película: que lo bueno empieza tras los créditos finales. Porque, más allá de excelencias técnicas (que las tiene) o agujeros de guión (que también, y varios, y gordos), lo que le falta a este Robin Hood es, precisamente, Robin Hood. No importa el (pretendido) rigor histórico, ése que, justamente, no tenía Gladiator. Al menos el peplum de la pareja Scott-Crowe ofrecía una historia dramáticamente intachable, sólida en sus personajes y emotiva, y emocionante. Pero Scott se dedica aquí a hacer lo opuesto que en aquélla: en lugar de vaciar a Roma de historicidad y llenarla de emociones, ahora vacía a Inglaterra de éstas últimas para llenarla de la primera.
Porque el cine no es periodismo. Y es que el director, igual que aquéllos que critican que en tal siglo aún no existían los lapiceros, o que en tal otro no sucedió determinada guerra, no entiende una cosa fundamental. Algo que sí sabía John Ford, que conoció de primera mano la historia real de Wyatt Earp y, sin embargo, en su película optó por retratar la leyenda.
Nunca dejes que la Historia te estropee una buena historia.
Lo mejor: la primera hora de metraje.
Lo peor: que Scott prefiera la historia a la leyenda.
Nota: **1/2