Categoría: Críticas | No hay comentarios | 17 enero, 2010
Nos prometieron un Sherlock Holmes de acción. Una “actualización” del mito. Y, a la vez, una “vuelta a los orígenes”. Dos ideas aparentemente incompatibles. Y, como tal, nos han entregado una película que cumple al 50% en su propósito. Porque, como actualización, este Holmes es un Holmes a lo Joel Silver, un héroe de acción sobrehumano, capaz, al igual que Neo, de hacer que su mente altere la percepción del tiempo y así vencer en cualquier combate físico. Y eso no es una actualización, es una traición al espíritu de Sherlock Holmes. Al igual que lo es la trama principal, cuyas deducciones las podría haber llevado a cabo el protagonista de cualquier franquicia de aventuras, un Indiana Jones o un Ben Gates (el de La búsqueda). Y, si algo distingue al detective de Baker Steet del resto de los mortales es su intelecto, y su capacidad de resolver enigmas aparentemente imposibles.
Quizá se trata aquí de un intento de que el espectador no se pierda, pero si es así, también ahí falla de pleno la película: lo que hacía especial cada relato de Conan Doyle era justo lo contrario. El lector no quería deducir el resultado, quería que Holmes lo deslumbrara al principio y al final con su método deductivo. Y algo de eso hay, pero se encuentra más en las deducciones sin importancia que realiza el personaje durante todo el metraje, divertidas y totalmente efectivas, que en la resolución del caso que compone la trama principal.
Y esto nos lleva a hablar de los puntos fuertes del filme de Guy Ritchie. En primer lugar, y por encima de todo, el verdadero hallazgo de Sherlock Holmes es Sherlock Holmes. Se trata, y en esto tampoco nos han engañado, de una vuelta a los orígenes, al menos en los dos protagonistas. Robert Downey Jr. compone un Holmes altivo, arrogante, cínico en ocasiones, irónico siempre, maestro del disfraz y del boxeo, y sobre todo amante del enigma. Watson es, casi por primera vez, una figura alejada del viejo regordete e incompetente en quien lo ha convertido el cine. No olvidemos que el original, el del papel, es un médico militar recién regresado de la guerra, y Jude Law nos ofrece una visión más acorde con lo que sugieren Estudio en escarlata o, especialmente, El signo de los cuatro. La química entre ambos es perfecta, y se puede observar una curiosa retroalimentación: allí donde los House y Wilson de la televisión bebieron de Holmes y Watson, los personajes de Ritchie a su vez “roban” muchos rasgos de los doctores encarnados por Hugh Laurie y Robert Sean Leonard. Es una lástima que el resto del reparto (salvo el Lestrade que nos ofrece Eddie Marsan, de nuevo más fiel en su mediocre normalidad que el completo inútil que tantas veces nos ha vendido el celuloide) no esté a la altura, ni en eficiencia ni en carisma, de los dos cabezas de cartel.
El tono de la historia abandona el misterio puro y duro para centrarse en la aventura, algo de agradecer puesto que éste era un elemento muy presente en la fuente original, y que sólo ocasionalmente se traslada a la pantalla. Entronca más esta versión con, digámoslo claro, la aproximación de Hayao Miyazaki en su Meitantei Holmes, aquella serie animada de perros antropomórficos y un Moriarty que intentaba robar la campana del Big Ben, o incluso con El secreto de la pirámide, la genial e infravalorada película de Barry Levinson que, saltándose el “canon”, nos contó la historia de cómo se conocieron el detective y su ayudante en los tiempos del colegio. También en la película que nos ocupa hay muchas libertades en cuanto al canon Holmesiano: la historia no hay por dónde encajarla en la continuidad creada por su autor, y los dos personajes femeninos, si bien existentes en los relatos de Doyle, entran en conflicto directo con lo narrado por éste. Sin embargo, es éste un detalle menor en una película, en definitiva, mucho más respetuosa con sus fuentes de lo que nos habían hecho temer. Después de todo, algunas de las mejores adaptaciones del personaje han sido también las más infieles. Y quizá ésta no sea una de las mejores pero, sin duda, es una muy disfrutable adición a la filmografía de Sherlock Holmes.
Lo mejor: La diversión que promete y ofrece la película, y sus dos personajes protagonistas.
Lo peor: Los momentos Matrix.