Categoría: Críticas | No hay comentarios | 6 septiembre, 2011
La recién nacida distribuidora cinematográfica española Good Films da sus primeros pasos fiel a su nombre, recuperando para las salas de cine Stella, un drama esperanzador escrito y dirigido por la cineasta francesa Sylvie Verheide allá por 2008 y que obtuvo sendos premios al mejor guion en los festivales de cine de Gijón y de Gante.
Tomando el nombre de su joven protagonista (interpretada por una soberbia Léora Barbara), Stella nos sumerge en la vida cotidiana de una niña de once años a las puertas de la adolescencia, que se enfrenta a los múltiples cambios implícitos a esta nueva etapa de su vida. Claro que Stella no es una adolescente corriente; su infancia ha estado marcada por la profesión de sus padres (geniales Karole Rocher y Benjamin Biolay), que regentan un bar (con hostal incluido) no demasiado recomendable para menores. La propia protagonista es muy consciente de ello al considerarse una niña querida pero “no protegida”, que permanece en el bar hasta tarde, ve la tele hasta altas horas de la madrugada y tiene problemas para conciliar el sueño a causa de la música y los gritos de los parroquianos borrachos. No resulta extraño que Stella, que ha crecido en ese peculiar compartimento estanco, tenga problemas en su nuevo colegio de “niños ricos”; a su escasísima preparación y a los problemas de disciplina se sumará la dificultad para entablar relaciones con chavales de su edad. Claro que, como le sucede a todos los adolescentes, los deseos de encajar primarán sobre el resto y gracias a la (necesaria) relación con sus pares –en concreto, a la amistad con su compañera Gladys (Mélissa Rodriguès), la empollona del curso–, Stella comenzará a abrir los ojos a un mundo repleto de posibilidades: “Cada vez me doy más cuenta de una cosa. Y es que me faltan conocimientos. Lo sé todo sobre fútbol, los mejores jugadores. Sé de música pop, conozco las canciones. Sé de cócteles, de pinball. Sé si las personas son o no de fiar. Pero de lo demás, no sé nada”. A causa de la influencia de su amiguita, Stella se dejará seducir por Balzac, Duras o Jean Cocteau, descubriendo que la escuela también puede ser “una oportunidad”.

La película de Verheide, trufada a decir de su directora de referencias autobiográficas, nos introduce en el París de los años setenta, un entorno realista solo a medias, tamizado por la nostalgia y reflejado en los ojos de una niña que se siente permanentemente fuera de lugar. Construida al servicio de su joven heroína, Stella compone una acción fragmentada en la que los pensamientos, los deseos y los sueños adolescentes –remarcados por la voz en off– se entretejen con las canciones pop, los ídolos del momento (ese inmenso Alain Delon que tapiza las paredes de su cuarto) y los golpes de la dura realidad. Y es que Stella combina con acierto la ternura con la acerada crítica, plasmando sin estridencias las consecuencias de las actitudes irresponsables hacia los niños y esbozando temas tan escabrosos como el maltrato o el abuso sexual. Especialmente en ese bar repleto de adultos inmaduros y en horas bajas, para los que todos los días son “de vino y rosas”, Stella cobrará conciencia de lo peligrosas que pueden ser las espinas –como el protagonista de Los 400 golpes (Les quatre dents coups, François Truffaut, 1959), también será testigo de las peleas e infidelidades de sus progenitores–. A través de la mirada y las lúcidas palabras de esta niña tan especial, Verheide analiza con severidad las fallas de las relaciones entre adultos y menores, aunque inclinándose del lado del optimismo y apostando siempre por el afán de superación del ser humano.

Lo mejor: La sobriedad a la hora de mostrar los aspectos más dramáticos, alejándose de la sensiblería lacrimógena. El uso narrativo de la banda sonora.
Lo peor: Que su sencillez la haga pasar desapercibida entre otras propuestas más efectistas.
Nota: ***1/2