Categoría: Críticas | 1 Comentario | 21 julio, 2011
Cuenta el historiador y eclesiástico galés Gerald de Barri que el rey Enrique II de Inglaterra ordenó pintar un curioso fresco en su palacio de Winchester, en el que una majestuosa águila era atacada por sus cuatro aguiluchos. El significado, tan profético como evidente, aludía a la archiconocida rivalidad entre el monarca y sus retoños (Enrique, Ricardo, Godofredo y Juan), que derivaría en una enconada lucha por el poder. Las graves consecuencias de las tormentosas relaciones entre el rey, su esposa Leonor de Aquitania y los herederos legítimos al trono fue relatada en detalle en El león en invierno (The Lion in Winter, Anthony Harvey, 1968). En esta película centrada en las intrigas palaciegas, secuela de Becket (Peter Glenville, 1964), Peter O’Toole retomaba su papel de Enrique II y Katharine Hepburn hacía las veces de su humillada consorte.
Rey grandemente impopular por mérito propio y ajeno, Juan I –el hijo pequeño de Enrique, más conocido como Juan sin Tierra– se convirtió en un villano habitual del folklore. Tanto es así, que la leyenda más popularizada sitúa a Robin Hood, “bandido noble” por antonomasia, como uno de sus acérrimos opositores. También Wilfred de Ivanhoe, el romántico caballero nacido de la pluma de Walter Scott –encarnado por Robert Taylor en la adaptación cinematográfica más conocida de una novela en la que también aparecen Robin Hood y su fiel amigo el fraile Tuck–, combatió contra Juan cuando este usurpó pérfidamente el trono de su hermano Ricardo Corazón de León.

El cine no iba a ser menos; las numerosas películas dedicadas a Robín de los bosques pintaron a Juan sin Tierra como un malo de fábula, concluyendo normalmente con un happy end en el que el forajido recuperaba sus títulos nobiliarios de la mano del rey Ricardo. No es el caso sin embargo de la pomposa y fallida versión realizada por Ridley Scott en 2010 –trufada por otra parte de errores históricos–, en la que un Robin Hood (Russell Crowe) políticamente correcto e insuflado de espíritu democrático se enfrenta junto con otros barones a la tiranía de Juan I (al fin, coronado legítimamente tras la muerte de su hermano) para obligarle a firmar una Carta Magna que limite sus atribuciones desmedidas.
En 1215, cuando arranca la acción de Templario (Ironclad, 2011), el infame Juan (apropiadamente caracterizado por un histriónico Paul Giamatti) ya ha firmado la Carta Magna. Esta producción independiente asegura relatar –con las inevitables “licencias”– lo que sucedió a continuación, dando cuenta de la traición del rey a sus súbditos. Pues, una vez que estampó su sello en el documento, este hizo todo lo posible por recuperar el poder perdido: aliado con el sanguinario capitán Tiberio (Vladimir Kulich) y sus no menos brutales mercenarios daneses, el soberano orquestará una terrible vendetta contra los nobles que un día osaron humillarle dando paso a una nueva etapa de caos y confusión.

Acostumbrado a empuñar las armas, James Purefoy –fue Marco Antonio en la serie Roma y azote de demonios en Solomon Kane (Michael J. Bassett, 2009), filme inspirado en los relatos de Robert E. Howard– será el hombre encargado de poner freno a la ambición desmesurada y a la sed de sangre del impío tirano. El actor británico encarna con el buen hacer habitual a un caballero templario, un guerrero cansado y convencido a golpes de experiencia de la poca trascendencia del oficio de las armas: “solo los débiles creen que lo que hacen en la batalla es lo que les convierte en hombres“. Y es que, al contrario de cómo se pinta en los cantares de gesta, “matar no es nada noble“, ni siquiera cuando se hace en el nombre de Dios. Por desgracia, las atrocidades reales le obligarán a blandir de nuevo su espada.
En compañía de un puñado de rebeldes, nuestro “monje guerrero” se atrincherará en el pequeño castillo de Rochester, pieza clave para el control del reino. Tras los muros de piedra de la fortaleza, el protagonista no solo deberá combatir a un enemigo externo considerablemente superior; también habrá de enfrentarse a sus propios fantasmas, entre ellos las tentaciones de la carne personificadas en el personaje interpretado por Kate Mara, una dulce dama (casada) que se enamorará sin remedio de este atormentado “célibe con corazón de piedra” actuando de paso como contrapeso de tanto derroche de testosterona.

Descrita por su director, productor y coguionista Jonathan English como “una versión medieval de Los siete magníficos en la que un grupo de hombres curtidos defiende el castillo“, en la cinta no faltan los compañeros veteranos del héroe (a destacar los sólidos Brian Cox, Jason Flemyng o Mackenzie Crook) y el cachorro inexperto en las lides de la guerra (Aneurin Barnard) pero igualmente irreductible. Templario combina con eficacia el cine histórico y de aventuras con el western más añejo, retrotrayendo a los numerosos filmes que toman como claustrofóbico escenario el fuerte (en especial, al mítico asedio de El Álamo), un microcosmos poblado de sentimientos exacerbados y en el que la muerte campa a sus anchas. Exprimiendo al máximo un exiguo presupuesto de unos veinticinco millones de dólares, Templario consigue dar el pego supliendo las forzosas carencias de la serie B con el suficiente encanto. Más cercana al western heroico que a la lección de historia (por mucho que el cartel afirme ingenuamente estar “basada en hechos reales”), contiene todos los ingredientes necesarios para el entretenimiento: acción, aventuras, batallas encarnizadas, épica aleccionadora –el pueblo que se alza contra el tirano–, romance y, sobre todo, altas dosis de brutal sanguinolencia, como corresponde a una suerte de oscuro body-count ambientado en el barbárico Medioevo.
Lo mejor: que no escatima carnaza a la hora de retratar la violencia de la época. El duelo interpretativo entre Paul Giamatti y Brian Cox.
Lo peor: que la trama, convenientemente adulterada, resulta demasiado convencional y previsible. Kate Mara, bastante perdida como señora del castillo.
Nota: ***