Categoría: Críticas | No hay comentarios | 16 febrero, 2010
Adaptar la excelente y dolorosa obra de Cormac McCarthy The road (La carretera), era una tarea tremendamente complicada. El primero de los requisitos para adentrarse en la forma de la narración, era no dar demasiada información al principio para dejar que el espectador fuera descubriendo la trama. A los cinco minutos esta ilusión se desvanece, una accesoria voz en off en primera persona, del todo inexistente en la novela, dinamita la posibilidad de realizar el viaje de la mano de un hombre y su hijo, que van subsistiendo con lo que encuentran en su camino.
Este arranque, además, se sumerge prematuramente en flashbacks que debieran quizás aparecer más tarde, para así tener un anclaje mayor en el momento en el que tienen lugar. No obstante, la película crece a medida que se desarrolla, y estos saltos en el tiempo van ajustándose poco a poco hasta suceder en el momento preciso, aportando la información necesaria sin escamotearle protagonismo al devenir de la historia.
Descomunal Viggo Mortensen, que una vez más nos regala un protagonista de excepción, ajustado totalmente a su versión literaria y derrochando buen hacer y compromiso con su profesión a la que ama ¡y vaya si lo demuestra! Además de conocer perfectamente la obra y haberla hecho suya interiorizándola y aportándole hasta el más leve matiz, su trabajo con Kodi Smit-McPhee resulta de una compenetración brillante por ambas partes. Bastante más fría resulta la interpretación de Charlize Theron que aunque tiene momentos álgidos, en general resulta fría y poco creíble (demasiado alejada de los mortales que allí se representan).
Robert Duvall y Guy Pierce aparecen irreconocibles (especialmente el primero) pero hacen grandes sus breves interpretaciones, en las que la caracterización esconde sus rostros si bien no lastra su talento.
El trabajo de fotografía resulta ser uno de los principales motivos por los que se puede recomendar esta película. A la paleta de Aguirresarobe, le han robado el color. El sabio viraje a ocres, hace más llevadera la trama que el libro en todo momento retrataba de un frío gris, pero sigue siendo la textura idónea para este mundo postapocalíptico que es increíble que haya sido creado con tan poca luz. Es admirable que haya encontrado belleza entre la desolación.

Al adaptador de la novela y escritor del guión, Joe Penhall, hay que recriminarle, eso sí, que no se haya exprimido el cerebro para poder rodar ciertas escenas o al menos, haberle dado la intensidad que se merecen algunos de los pasajes finales del libro, que, aunque habrían entrañado ciertas dificultades técnicas, se echan de menos inevitablemente. Otras licencias son de agradecer, como el hecho de que en ningún momento falte la luz, que habría hecho inviable el proyecto. Quizás la reflexión que deberíamos hacer es si realmente esta historia necesitaba ser contada a través del lenguaje del cine. Está todo lo que es pero no es todo lo que está. El mensaje está ahí, pero es tan inevitable la comparación para el lector, que más habría valido ajustarse a un libro excepcional que te hace sentirte al límite en todo momento.
Lo mejor: la historia en sí de profundo amor entre un padre y su hijo, la fotografía y la intensidad con la que el espectador vive la trama. En general es una obra magnífica.
Lo peor: por una parte, que la necesidad de llegar al público haya llevado a ese comienzo, un tanto flojo y demasiado elocuente, que nos restringe las sorpresas y por otra parte, que se hayan omitido pasajes fundamentales del libro.
Nota: ****