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Thor: un dios nórdico perdido en Nuevo México / **1/2

Categoría: Críticas | 1 Comentario | Escrito en por Lola Clemente Fernández

Al final de Iron Man 2 (Jon Favreau, 2010), el agente Coulson (Clark Gregg) aparece en medio del desierto de Nuevo México, donde un inmenso cráter acoge en su centro un extraño e insólito objeto: un martillo. Esta breve escena, un bonus al final de los créditos, augura una buena noticia para los fans: el Universo Marvel sigue cobrando forma. En esta ocasión toma la batuta el director Kenneth Branagh, ratificando las pretensiones de la compañía de dar lustre a las versiones cinematográficas de sus superhéroes, buscando emular el éxito de la saga de X-Men y alejándose de la mediocridad de productos de segunda fila como Daredevil (Mark Steven Johnson, 2003), Elektra (Rob Bowman, 2005) o El castigador (The Punisher, Jonathan Hensleigh, 2004). Una carta de intenciones que parece avalada por la toma de decisiones teóricamente más arriesgadas, como decantarse por directores de más caché como Branagh –algo que ya se había hecho previamente con Sam Raimi y Ang Lee, en este último caso una decisión no demasiado afortunada a juzgar por el reboot de 2008–, o por actores como Robert Downey Jr., indiscutible en su papel de Tony Stark. Este mismo año aterrizará en nuestras pantallas Captain America: The First Avenger (Joe Johnston, 2011) y en años siguientes llegarán adaptaciones de Los Vengadores, Nick Fury, el Hombre Hormiga y una nueva versión de Spider-Man con Andrew Garfield sustituyendo a Tobey Maguire.

Puede resultar algo insólito que Branagh, aclamado en sus tiempos mozos por la crítica entusiasta (que lo mismo le comparaba con Orson Welles que con Laurence Olivier) y últimamente bastante incomprendido, acometa una producción de tan clara vocación palomitera. Inactivo tras las cámaras desde La huella (Sleuth, 2007), innecesario remake del clásico de Joseph L. Mankiewicz que, dicho sea de paso, hizo un flaco favor a su carrera, el cineasta aduce la proximidad de Thor (2011) con muchos de sus intereses, como la mitología o los conflictos familiares de regusto shakespeariano, aparte de declararse admirador confeso de los cómics de Marvel. En sus propias palabras, el interés que sigue suscitando hoy en día este dios nórdico reciclado en superhéroe es “una prueba de que los mitos son arquetipos que aún iluminan nuestras vidas”.

Nacido en 1962 de la mano de Jack Kirby y Stan Lee en las páginas de Journey into Mystery, las historietas de Thor amalgaman la fantasía heroica con la ciencia-ficción. En su versión cinematográfica, la historia parece sin embargo más cercana a su raíz mitológica –a modo de pastiche, no apto para puristas de los Eddas– que a las historietas originales, especialmente en su fragmento inicial, si bien conserva las numerosas transgresiones efectuadas por sus artífices originales (la más flagrante, presentar a Loki como hermano de Thor). Así, la acción arranca en Asgard, donde el arrogante y belicoso dios protagonista –encarnado por Chris Hemsworth, conocido por estos lares por ser el marido de Elsa Pataky– es expulsado de su hogar por su padre, el sabio y pacífico Odín (Anthony Hopkins). Despojado de sus poderes y de su inmortalidad, es condenado a vagar por la Tierra hasta que aprenda la lección, lo que dará pie a no pocas situaciones hilarantes. En nuestro mundo se chocará (literalmente) con sus futuros amigos humanos: la investigadora Jane Foster (Natalie Portman), su colega Erik Selvig (Stellan Skarsgaard) y su ayudante Darcy Lewis (Kat Dennings), inicialmente sorprendidos ante los extravagantes modos de este singular hombretón rubio pero finalmente rendidos –sobre todo ellas– ante sus indiscutibles encantos.

La principal carencia de Thor es a la vez su principal virtud: la búsqueda del entretenimiento sin mayores quebraderos de cabeza. Con poca sangre, nada de sexo y una ausencia total de oscuridad (y de profundidad), la película es una clara apuesta por el cine comercial apto para todos los públicos y casi todas las edades –de siete años en adelante–. Sacudida por una estética abiertamente kitsch, la película nunca llega a tomarse en serio a sí misma, inclinándose abiertamente del lado de la comedia. Y lo consigue, si la intención es pasar el rato al lado de un cubo de palomitas.

Aviso para navegantes: en Thor, como viene a ser usual en las producciones de Marvel, se recomienda tener paciencia y permanecer sentado en la butaca hasta que se enciendan las luces.

Lo mejor: su falta de pretensiones.

Lo peor: que se trate de un producto totalmente olvidable.

Nota: **1/2

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