Categoría: Críticas | No hay comentarios | 22 julio, 2010

Se acabo. La marcha de los juguetes ha
terminado. Dejen que este que les escribe haga esta crítica desde la
nostalgia y el cariño más que desde la más ferrea crítica.
Muchos, entre ellos me incluyo, cuando
nos hablan de segundas y terceras partes, nos tememos lo peor.
Estamos tan acostumbrados a la decepción, que cualquier intento por
parte de las productoras de sacarnos los cuartos con secuelas
insustanciales se convierte en un suplicio más que una satisfacción.
Sin embargo, también estamos acostumbrados a que Pixar sea un valor
seguro, como ya demostró en su primera secuela, la antecesora de la
película que tratamos hoy, Toy Story 2. Dos sensaciones enfrentadas
que ayer resolvieron el combate a favor de la compañía de
animación, porque, Toy Story 3 es el cierre perfecto para la saga.
No es que sea una película perfecta
(es difícil sorprender con unos personajes tan populares). Tampoco
lo pretenden. Saben con que material están trabajando y saben lo que
quieren contar. Así que, si esta saga es una historia de juguetes,
van a contar el principio, desarrollo y final de los juguetes. En
definitiva, la vida de un juguete. Las lecciones morales, la aventura
y el humor vendrán después.

En esta ocasión, toca el final. Andy,
ese niño que todos hemos sido, se hace mayor y se enfrenta a la
realidad: ya no es un niño. Eso significa el final del trayecto para
muchos juguetes y desde Pixar han querido explotar todas las
posibilidades que eso abarca. Si ya en la segunda parte veíamos al
coleccionista de juguetes, ahora toca el resto de caminos. Olvidados
en un desván, donados a una guardería, sustituidos por otros,
tirados a la basura o dejándolos para el propósito con el que
fueron creados, para que un niño juegue. De la jubilación al
fundido en negro o a una nueva oportunidad. Reflejo directo de lo que
es cualquier vida.
Por eso, Toy Story cumple a la
perfección con cualquiera. Por que no estamos hablando sólo de la
marcha de Andy o del final de los juguetes. Estamos hablando de
nuestra propia transición a la madurez, del camino que todos
recorremos, de los sueños y propósitos de toda vida. Por eso es una
película que nos llega con tanta facilidad y con la que más de uno,
si no ha soltado alguna lágrima, ha sentido de nuevo al niño que
todos tenemos dentro.
La aventura, sin embargo, pierde fuerza
ante el emotivo mensaje que nos depara esta película. No es que no
sea completamente satisfactoria, es que esta cubierta por algo mucho
mejor. Hay pocos gags que no te saquen una sonrisa, pero, según va
avanzando la trama, más que aliviar la tensión, en ocasiones
entorpecen el ritmo de la misma. Sin embargo, son fallos tan leves
que no ensombrecen en absoluto el resultado final.
Dos recomendaciones finales:
El “celebrado” y publicitado
gag del Buzz Lightyear español gana enteros en su versión
original, dado que en la española queda como algo gracioso, pero
bastante raro. Con más razón que en otras ocasiones, si podéis
ver la película en versión original, no os arrepentiréis.
El 3D convierte la película en
una gran experiencia visual pero, no os engañeis. No os van a
“lanzar cosas a la cara”. Pixar no ha buscado la efectividad de
la nueva técnica de proyección, si no la mejora de la visión del
espectador. Es un buen extra, pero no es el propósito del filme.
Gracias, Pixar.
Lo Mejor: Un gran (y esperemos que
definitivo) final.
Lo Peor: Como todo gran final, la
despedida. Adiós y gracias, Woody, Buzz y compañía.
Nota: **** 1/2