Categoría: Críticas | No hay comentarios | 6 mayo, 2011
A tenor de la gran crisis que estamos padeciendo, varias han sido las producciones que han abordado su razón de ser, analizando algunas de sus causas y señalando a los responsables (a la vez que principales beneficiarios) de la misma. Sorprendentemente, pese a su impepinable vigencia, estas miradas críticas han ido llegando con cuentagotas a los cines. Tal es el caso de Vamos a hacer dinero (Let’s Make Money, 2008) de Erwin Wagenhofer, estrenada con tres años de retraso, o de la todavía inédita en España La doctrina del shock (The Shock Doctrine, Mat Whitecross y Michael Winterbottom, 2009). Pese a su nominación a los premios de la Academia y a lo sangrante del caso abordado, tampoco tuvo demasiada repercusión Enron, los tipos que estafaron a América (Enron: the Smartest Guys in the Room, Alex Gibney, 2005). Cabe alguna excepción como Inside Job (Charles Ferguson, 2010), un vitriólico retrato de los culpables de la crisis, promocionado y narrado en off por un Matt Damon en plena resaca post-Obama y justamente premiado con un Oscar. Similar difusión tuvo Capitalismo, una historia de amor (Capitalism: A Love Story, 2009), aunque en este caso más debida a la fama y controversia desatada, a partes iguales, de ese gran showman que es Michael Moore, que a su calidad intrínseca. Efectista, artificiero, ramplón pese a lo hiriente del tema tratado y bastante infumable en su conjunto, Capitalismo, una historia de amor adolecía de los tics propios de su creador, más cercanos al panfleto incendiario que a la investigación exhaustiva.
Situado en las antípodas del exceso “a lo Moore”, Vamos a hacer dinero hace gala de una visión mucho más totalizadora que Inside Job. Tras sacudir conciencias en su también imprescindible Nosotros alimentamos al mundo (We Feed the World, 2005), que desgranaba los entresijos y las contradicciones de la industria alimentaria, este escritor y cineasta austríaco dirige su artillería pesada a las mismas bases del capitalismo neoliberal y su desigual distribución de la riqueza, abordando los entresijos del mercado financiero y de la circulación del dinero. Pues, como Wagenhofer apunta en este lúcido, demoledor y tremendamente amargo documental, la crisis que nos constriñe no ha sido la primera ni será la última, pues absolutamente nada ha cambiado en las reglas del juego que la han generado. Y es que la economía que nos rige es un coloso con los pies de barro.

Vamos a hacer dinero presenta un panorama general de todos los eslabones de la cadena capitalista, desde los grandes trusts hasta los más humildes inversores, que buscan “rentabilizar” (hablando en plata, especular) sus pensiones o sus exiguos ahorros sin ser conscientes de las implicaciones que esos actos tendrán para la vida (o debiera decirse muerte) de millones de personas. Como la mariposa que provoca con el batir de sus alas un huracán en el otro lado del mundo, la maquinaria capitalista posee múltiples e inimaginables conexiones que –en lógica correspondencia con el fenómeno de la globalización– afectan a un nivel planetario.
A base de incómodos retazos, el documental analiza las reglas del juego de los mercados financieros, carcomidos por esa misma codicia de la que hablaba Gordon Gekko en Wall Street –la original, no su sorprendentemente blanda secuela– y el deseo de ganancia rápida, fácil, a corto plazo, sin importar sus efectos. Para ello, establece un recorrido que va de las minas de oro de Ghana a los bancos de Suiza, de Singapur a la India, de la city de Londres a las plantaciones algodoneras de Burkina Faso, pasando por Austria, Estados Unidos, el boom inmobiliario en la Costa del Sol española y los paraísos fiscales establecidos en pequeñas islas como Jersey, Guernsey o Sark, no tan conocidas por el gran público como las Caimán o las Seychelles pero no por ello menos populares para sus clientes. La cámara, fría y aséptica, captura de forma descarnada las tragedias humanas y la degradación medioambiental que se ocultan tras eslóganes seductores como “ponga su dinero a rendir” o “deje que su dinero trabaje por usted” y la jerga del mundillo financiero, con términos como “fondos langosta”, “jurisdicción secreta”, “cross border leasing” y otros más periféricos y legalmente discutibles como “sicarios financieros” o “chacales”.

Wagenhofer, sin situarse ni un solo momento delante de la cámara, cede todo el protagonismo a los garantes del neoliberalismo, contrastando sus testimonios con los expuestos por sus detractores. En ningún momento estos son acosados, cuestionados ni expuestos a ninguna situación incómoda: Wagenhofer les deja hablar libre y cómodamente, lo que resulta mucho más aterrador e imposibilita de paso que el espectador sienta la (falsa) sensación de revancha dialéctica.
“Solo invertimos. Nos esforzamos por satisfacer a nuestros inversores” (Mark Mobius, presidente de Templeton Emerging Markets). “No podemos permitirnos el lujo de ser generosos“, dice el empresario Mirko Kovats al respecto de los salarios misérrimos que cobran los trabajadores de las llamadas economías emergentes (una etiqueta mucho más biensonante que países pobres o subdesarrollados). “No creo que un inversor deba ocuparse de los aspectos éticos, de la contaminación que genera la empresa en la que invierte” o “El mejor momento para comprar es cuando la sangre está corriendo por las calles” (Mobius de nuevo). “Los liberales de todo el mundo creen que los bienes, el dinero y los servicios deberían viajar libremente, sin fronteras. En cambio, con las personas es distinto. Deberíamos plantearnos cobrarles un precio de entrada, de la misma forma que se paga una cuota como socio de un club” (Gerhard Schwarz, presidente de la Sociedad Friedrich August von Hayek). Escuchando frases como estas resulta imposible no pensar en ese gran documental canadiense Corporaciones ¿instituciones o psicópatas? (The Corporation, Mark Achbar y Jennifer Abbott, 2003), que tachaba a estas entidades –reconocidas como personas jurídicas– de psicópatas, pues sus prácticas se adecúan perfectamente a los rasgos que caracterizan este trastorno (como la carencia del sentido de la responsabilidad, de empatía y de remordimientos).

El documental también dedica buena parte a abordar los fundamentos de la economía neoliberal, retrotrayéndose a 1947, fecha en que se constituyó la llamada Sociedad Mont-Pèlerin bajo los auspicios del pensador liberal Friedrich August von Hayek, pasando después por uno de sus momentos de esplendor: los años ochenta, fecha en que muchos de sus miembros proporcionaron raigambre intelectual a las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
Al final, en palabras de Hermann Scheer (ganador del Premio Nobel Alternativo y miembro del Parlamento alemán), “siempre es el ciudadano común el que paga“. Como explica Vamos a hacer dinero, la desregulación de los servicios financieros y la liberalización de los flujos comerciales ha generado riqueza para unos pocos y pobreza para muchos, así como ha dado como resultado un buen puñado de consecuencias y medidas (in)deseadas, avaladas por la corrupción o ignorancia de los cargos políticos: proliferación de los paraísos fiscales, destrucción del poder estatal y privatización de los bienes colectivos. Augurando un futuro sombrío, Wagenhofer se hace eco de las palabras de advertencia de Scheer: “Si continuamos por este camino, surgirán nuevos mecanismos de selección entre los estados, entre las razas, entre las religiones, entre los que tienen derechos y los que no, entre las personas de valor y las que no lo tienen; el valor monetario de las personas se pondrá en primer plano y comenzará una nueva era de barbarie“. Todo un llamado a la conciencia que no debería ser ignorado.
Lo mejor: Su falta absoluta de concesiones: Wagenhofer no da tregua en ningún momento al espectador.
Lo peor: Que no haya llegado antes a las pantallas españolas. Que sea otra de tantas llamadas de atención aquejadas del “síndrome de Casandra”.
Nota: *****