Categoría: Cine, Críticas | No hay comentarios | 16 febrero, 2012
La película iraní del año, lejos de ser lenta, no defrauda un ápice las expectativas del público más impaciente y mucho menos las del más exigente, puesto que mantiene en vilo mediante su ágil diálogo y su “aparente” taimada gestación y resolución de los conflictos en la sociedad iraní moderna. La excusa es una separación de un matrimonio, que lejos de dejar de amarse, considera que el futuro óptimo de cada uno está en lugares distintos.
Una adolescente y un padre con alzheimer son las circunstancias de cada uno para decidir que el futuro está en un sitio concreto pero lo que parecía una discusión por falta de acuerdo se complica con la llegada de una cuidadora extremadamente religiosa con un agresivo marido, que acaba sacando a relucir tensiones más profundas sobre el conflicto entre clases, la legalidad y la imposibilidad de entender “al otro”. Cine de autor del universal por su tratamiento de las relaciones humanas y aunque complejo de comprender en algunos aspectos por los abismos culturales que nos separan, resulta un agridulce paseo por el complejo concepto de justicia en las relaciones personales, judiciales e incluso religiosas.
Lejos de querer, el espectador no puede juzgar las actitudes de los personajes aunque se lo pidan explícitamente con planos frontales en los que la cámara subjetiva somos nosotros mismos y los personajes nos intentan convencer de que ellos llevan la razón: espectador y juez en uno, intentando recopilar datos sobre los hechos acontecidos y proceder a realizar un juicio. Lejos de llegar a una conclusión coherente, a medida que avanza el film no podemos sino apabullarnos y comenzar a realizarnos más preguntas de las respuestas que podremos obtener, jugueteando con la idea nada descabellada de que el rey Salomón no lo tuvo realmente nada fácil.
La auténtica magia de esta película reside en eso que no se ve. El off perfectamente medido en el que transcurren solamente los hechos más importantes: un atropello, un empujón, una caída,… y que podrían darnos pistas sobre quien es el verdadero culpable en este casi más cercano al thriller de abogacía que la clásica película ininteligible para el espectador no acostumbrado. Sin embargo, todos los hechos y sus circunstancias no los conoceremos completos y narrados por el narrador omnisciente al que muchas veces nos tienen malacostumbrados. En este caso los conoceremos con cuenta-gotas por medio solamente de las versiones de cada uno de los dolientes protagonistas y gracias al recurso de la elipsis. Así entenderemos que la circunstancia de cada cuál es más compleja que la del anterior y aberrante en muchos casos y nos resultará humanamente (y divinamente) imposible entender cómo puede funcionar la justicia en el mundo iraní, en el universo.
La formas para ocultarnos esa tan valiosa información que nosotros completaremos no puede ser otra que un juego entre las puertas físicas y emocionales que cada uno se pone a sí mismo y que interpone para que el otro no sepa demasiado. Magistral la última discusión de los padres en la que abren y cierran la puerta en un baile grotesco intentando que la hija adolescente se entere o no de lo que se habla, se decide, se piensa en su casa: su futuro. Porque el film transpira dolorosamente que en la condición humana cada persona siempre agonizará con sus problemas y sus razones serán las únicas que valen y así cerrará la puerta inconscientemente para empatizar con el otro y, a la vez,cerrará las suyas propias para que nadie pueda alcanzar su ser más íntimo y débil.
Los interpretación tanto de ellos como de ellas, es inenarrable en general como un ente compacto,fuerza de grandes actores, que lejos de pisarse y destacar sobre los otros, juntos se elevan a su enésima potencia, se crecen. Desde la niña al abuelo, desde el padre a la cuidadora, al esposo de ésta. Circulan sabiamente por el metraje desde Sareh Bayat, Sarina Farhadi, Leila Hatami, Kimia Hosseini, Shahab Hosseini, Babak Karimi, Peyman Moaadi, hasta Ali-Asghar Shahbazi. Muy metatextual y congruente lo sucedido en el festival de cine de Berlin, sin duda, cuando hubieron de premiar como mejor actor a todos los intérpretes masculinos en bloque y mejor actriz a todas ellas en bloque. Es imposible juzgar y ver quién resulta mejor.Y es que desde los actores, al guión y a la dirección esta película es como un bloque perfecto y sin fisuras, un magistral ejercicio de cine y reflexión.
Y así Asghar Farhadi como su propio demiurgo, hace que sus protagonistas bailen a su son sin desentonar y cierren la puerta a otros personajes, se posicionen en lados opuestos de las puertas para no ser vistos u oídos por el otro y a su vez nos da con las puertas en las mismas narices como espectadores para que nos cuestionemos un infinito de matices sobre el concepto de verdad en el cine, en la vida. Cada cual tiene sus problemas, sus circunstancias, lo que le obliga a actuar como actuar de una forma determinada y , muy a pesar nuestro, no podemos decidir quién sufre más o merece más una u otra cosa. Nunca llegaremos a saber ni a comprender toda la verdad, es tan inabarcable… Aunque sean sus acciones inexcusables muchas veces legalmente, no puede uno dejar de sentir empatía por todos y cada uno en determinados momentos en un ejercicio de humanidad ímprobo y obligándonos a detestar el papel de juez-espectador- dios en el cine y en la vida.
Por supuesto y como todas las grandes películas, que tratan de uno y mil temas a la vez, retrata con primor temas aledaños como es el sufrimiento sobrecogedor y la soledad real del cuidador del enfermo de alzheimer, la “objetualidad”con la que tratamos a nuestros mayores porque nos traban algunos aspectos de nuestra vida agitada(especialmente si padecen algún deterioro cognitivo), la culpabilidad y el door consiguiente añadido que portan muchas veces las personas extremadamente religiosas, o el padecer de un conflicto entre progenitores para una adolcescente que aunque debería centrarse en brillar por su inteligencia, solamente lo hace por su penar.
Además, es potente el concepto de mujer que se nos pincela con brochazo fino y decidido. Gran contraste con la idea preconcebida que podemos tener de que la mujer iraní, lejos de lo que pudiéramos pensar, se retrata social y laboralmente muy activa, culta, decidida y comprometida. Habla al hombre de igual a igual y mantiene conflictos maduros y razonados, dentro de su propia inmensidad cotidiana que la asfixia. Y es que, es poco habitual en el cine actual de cualquier parte del mundo, colocar como las dos fuerzas motoras que impulsan un film a dos mujeres, enfrentadas religiosa, económica y culturalmente que sin embargo no mantienen una lucha si no que buscan constantemente el diálogo y acercamiento de posiciones. No hay violencia si no conflicto de intereses entre dos fuerzas positivas, en palabras de su mismo director. Lejos de destruir, construyen “en función de”. O por lo menos lo intentan. De “una modernidad” sin precedentes es mostrar el concepto de mujer poderosa en un país a primera vista tan machista, sin necesidad de convertir a sus personajes en víboras sin sentimientos o escrúpulos, que se enfrentan porque sí, por ser mujeres y sin sentir ningún tipo de necesidad de destrozar ni minusvalorar a ningún hombre en el proceso para demostrar su fuerza constructora o su poderío. Sus razones.
El veredicto por tanto al que solamente uno puede llegar es: “occidentales, siéntense y empiecen a tomar notas”. Y después, continuemos haciéndonos preguntas pero sabiendo que nunca nos aproximaremos ni mínimamente a la Verdad. ¿Acaso existe?